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Trivialización de
la muerte
Ana Helena Chacón Echeverría, Diputada
Al abrir un diario de circulación nacional leo
estupefacta la trivialización del abuso sexual
contra las mujeres como la más consolidada vía de
mercadeo y ventas, por ejemplo: "Acusan a jefe de
clínica por bajarle los calzones a compañera"
Paralelamente, otro medio destaca el crecimiento de
la agresión contra las mujeres, a tal punto que al
13 de diciembre de 2006, se tienen 67 mil denuncias
y 47 mil medidas cautelares en lo que va del año.
¡Menuda neutralización del horror!
Este fenómeno ha transformado a la sociedad para que
la cotidianidad del abuso y el crimen de mujeres no
cause asombro. Así, al perderse esa capacidad, el
tema no interese a quienes ocupamos cargos de
elección popular pues no es políticamente vendible
el impulso de políticas públicas para instrumentar
la lucha contra este mal.
Hoy, la atención está centrada en el TLC, en tanto,
lo que pase con las mujeres siempre que no sean
figuras destacadas del medio, deja indiferentes a
casi todos. Pienso entonces que el esfuerzo que
escritoras nacionales como Tatiana Lobo Wiehoff han
hecho por medio de obras como "El año del
laberinto", pasan sin pena ni gloria por los
estantes de las librerías y ni siquiera son
reparadas por los ya escasos lectores que existen.
¿Damaris Guzmán Espinoza de Pococí quien fue
asesinada el lunes 11 de diciembre, murió en vano?,
¿cómo se van a comportar las mujeres y hombres del
mañana ante esta problemática al estar condicionados
por titulares inconvenientes como el apuntado? Aquí
señalo dos arbitrariedades: una, el femicidio y
otra, el que las mujeres no tengan el derecho a
decidir el número de hijos que deseen tener y el
distanciamiento entre cada parto.
La protagonista de la novela de Lobo nos clama
diciendo: "Pude haberme muerto en alguno de mis once
partos y ninguna ley ni juez hubiera señalado a
Armando como responsable. -(se trata de su marido y
asesino)- Hay crímenes que nunca tienen castigo.
Nunca me preguntó si yo quería tener tantos hijos"
"Quien me quitó la vida no tenía cólera ni
sentimiento alguno. Fue una acción fría,
desapasionada. Me mataron como matan los ladrones,
para eliminar el escollo que se interpone entre su
deseo y el objeto de su deseo"
Para dejar más clara nuestra posición de búsqueda de
eco para luchar juntos contra el abuso y la muerte,
quiero comunicar que no estamos derrotados aún. Hay
valientes diputados en la Asamblea Legislativa que
se solidarizan alrededor de la concientización
respecto de esta tragedia, pero tenemos que unir
esfuerzos porque más allá de un equilibrio
macroeconómico, necesitamos una sociedad sana para
que no se vuelva enemiga de sí misma, provocándose
un efecto perverso al institucionalizar la
impunidad.
¡Reaccionemos, reformemos y aprobemos las leyes que
haya en relación con la protección de la vida y
acompañemos a las mujeres, instituciones y
organizaciones no gubernamentales que luchan porque
exista calidad de vida en este país!
(arriba)
25 de noviembre Día Internacional de
la No Violencia en contra de las mujeres
El 25 de noviembre es una fecha que hace memoria a
las hermanas Patria Minerva y María Teresa Mirabal,
militantes del Movimiento 14 de Julio y conocidas en
su trabajo clandestino como MARIPOSAS 1, 2 y 3,
quienes combatieron la dictadura de Trujillo en la
República Dominicana, a causa de lo cual fueron
violadas y asesinadas en 1960, crimen que aceleró la
caída de la dictadura.
Haciendo homenaje a estas mártires es que en el
Primer Encuentro Feminista de América Latina y el
Caribe (Colombia, 1981) se decidió declarar el 25 de
noviembre como Día Internacional por la no violencia
contra las Mujeres.
Se acordó, además, hacer cada 25 de noviembre, una
campaña especial de denuncia de la agresión que
vivimos las mujeres en los diferentes países. A
partir de entonces, en América Latina y el Caribe,
sumándose gradualmente muchos otros países se ha
venido celebrando esta fecha. En el año 2000, la
Organización de las Naciones Unidas (ONU) acogió
oficialmente el 25 de noviembre, como Día
Internacional de la No Violencia contra las Mujeres.
En Costa Rica, en 1998, varias organizaciones de
mujeres se reunieron para hacer denuncia pública
sobre la violencia de que son víctimas. En 1991 se
llevó a cabo la primera marcha hacia la Plaza de la
Democracia, actividad que se ha venido extendiendo a
las diferentes provincias.
A pesar de los escasos datos debido al subregistro
existente, que no permite conocer con exactitud la
verdadera dimensión de la violencia contra las
mujeres, precisamente, una investigación del
Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo
(PNUD), afirma que la principal debilidad para
combatir la violencia contra las mujeres, es no
aceptar que somos un país con niveles preocupantes
de agresión hacia las mujeres.
A pesar de que diversos instrumentos de derechos
humanos consideran la violencia de género, como
violación de derechos humanos, según la encuesta
realizada por el Centro de Investigación en Estudios
de la Mujer (CIEM) de la Universidad de Costa Rica,
pone en evidencia que la violencia de género es un
problema social de gravísima magnitud, pues indica
que el 67% de mujeres costarricenses la sufren.
Dicho estudio se aplicó a una población de mujeres
con edades de 15 a 75 años.
A estos escalofriantes datos, hay que añadir los
“femicidios” es decir los asesinatos de mujeres no
por crímenes comunes, sino aquel asesinato a manos
de esposos, compañeros sentimentales o novios, que
es la forma más extrema de violencia y que, este
año, sobrepasó en mucho el promedio de dos mujeres
muertas por mes.
Si bien la erradicación de la violencia en contra de
las mujeres es un desafío cultural de largo plazo,
la realidad nacional impone que esta debe
convertirse en eje central de una verdadera
transformación educativa y cultural que permita
superar los contravalores que sustentan el
patriarcado y la violencia estructural; es decir, el
daño derivado de los efectos de la forma en que se
organiza la economía y que en la actualidad toma
ribetes más graves con la amenaza de la aprobación
del TLC-USA, que afecta de manera especial a las
mujeres. Por lo que es necesario fortalecer el
trabajo preventivo en el hogar, la escuela, colegio,
las universidades, las iglesias y los medios de
comunicación.
En este Día Internacional de la No Violencia en
contra de las Mujeres, unimos nuestras voces para
exigir un mundo sin violencia y sin discriminaciones
de ningún tipo.
Creemos que el profesorado puede y debe jugar un
papel protagónico en este campo. Instamos a
compañeras y compañeros a solidarizarnos con las
familias de las víctimas y a sumarnos al compromiso
de lucha contra la violencia de género; pues nuestro
grito debe sumarse al de otras mujeres y hombres por
la construcción de la esperanza: un mundo de
equidad, de paz y de solidaridad entre todas y
todos.
Emelda Navarrete D.
Secretaría de la Mujer
APSE
(arriba)
Evitemos la lapidación
Octubre, 2006
Querido amigo,
Querida amiga,
Parisa, Iran, Khayrieh, Shamameh, Kobra, Soghra y
Fatemeh son siete mujeres iraníes condenadas a morir
lapidadas. Quizá no tengamos mucho tiempo para
actuar.
La República Islámica de Irán trata el adulterio
como un delito castigado con la pena de muerte por
lapidación, violando el Pacto Internacional de
Derechos Civiles y Políticos, que garantiza el
derecho a la vida y prohíbe la tortura.
Parisa, Iran, Khayrieh, Shamameh, Kobra, Soghra y
Fatemeh han sido injustamente condenadas a la pena
más cruel, inhumana y degradante, la de la pena de
muerte.
Pero aún estamos a tiempo de parar su ejecución.
Sabemos que podemos contar contigo.
No te quedes en silencio.
Alza tu voz para intentar salvarlas. Actúa en este
enlace:
http://www.xprofiler.ch/dispatcher/service?dt=61108154608773058&l=es&o=0&a=61108175521224145
Gracias por tu apoyo,
Esteban Beltrán
Director - Amnistía Internacional
(arriba)
Acosa el poder
Tatiana Lobo
El acoso sexual rara vez proviene de mujeres,
estadísticamente es masculino. Y tan es así que
cuando he comentado con algunos amigos la vileza de
estas acciones, advierto que aún en casos de hombres
que considero libres de toda sospecha, aparece una
sonrisa o una mirada jocosa apenas contenida.
¿Qué es lo divertido? ¿Dónde está el chiste? Hay que
buscarlo en la cultura, en la educación sexual y en
la licencia que la construcción de la masculinidad
otorga a los varones llevándolos a un presupuesto
que en su misma fórmula ya es abusivo:” tienes que
querer porque yo así lo quiero”.
Entonces sucede que un cierto varón, (muy cariñoso,
dicen), se sorprende que una mujer arrinconada en la
pared se niegue a devolverle un beso y alegue su
condición de mujer casada para contenerlo. Mojigata,
claro, puritana, por supuesto. Al señor no se le
pasa por la cabeza que ella no lo desea, no le da la
gana, no se excita, para decirlo claro. Para el
acosador esto es inadmisible, cree que toda mujer se
vuelve loca de gratitud cuando un hombre la invita a
la cama. Es más, es un honor, un homenaje. A las
feas, pobrecillas, nadie les hace propuestas tan
halagadoras.
En el juicio de Nüremberg un nazi, sorprendido, le
decía a sus jueces “!pero si yo solo maté judíos!“
Los acosadores desenmascarados también se sorprenden
“!pero si yo sólo quería acostarme con ella!” Pero
se da el caso de que los judíos no querían morir en
los campos de concentración y las mujeres no quieren
acostarse con un hombre que no les gusta. De
acuerdo, la comparación es hiperbólica, existe un
trecho bastante largo entre unos y otras, el del
derecho a la vida. Pero el principio de abuso de
poder, de someter, de humillar, de violentar la
voluntad de la otra parte, de disponer del cuerpo
ajeno, es el mismo.
La aceptación legal de que el acoso sexual es un
atropello es muy reciente. Será necesario un gran
esfuerzo para que finalmente se logre hacer respetar
la frontera que marca la negativa. Hay que comenzar
por las mismas mujeres, deben aprender a diferenciar
entre un coqueteo y la dominación; deben aprender a
legitimar su rechazo; deben saber que si no les
gusta la propuesta y pese a ello el otro insiste,
son víctimas de ultraje.
Cuando al acoso se suman la amenaza y el
amedrentamiento, es signo de que el acosador se
valora como cazador y a la acosada como su presa. No
procede con ingenuidad ni por ignorancia, está
perfectamente claro que avasalla, no se confunde. El
acosador chantajista, como el que soborna, se escuda
en el poder que tiene y se aprovecha de la
indefensión de su víctima. Hay premeditación y hay
alevosía.
La solidaridad entre mujeres no es mecánica, depende
de sus niveles de consciencia y también de la
posición que ocupan en las estructuras de poder. Las
diputadas que defendieron a su colega en el último
escándalo de este tipo protegen un sistema
autoritario que ellas avalan y comparten, es el
mismo sistema que nos quiere doblegar ante el TLC.
El abuso es abuso en cualquier parte, como el no es
NO bajo cualquier circunstancia.
(arriba)
Lo espiritual es político
Por Alda Facio
Introducción
Desarrollé las ideas presentadas aquí en un largo
diálogo con Paquita Cruz en diciembre del 2002 para
el 9o. Encuentro Feminista de América Latina y el
Caribe, cuyo tema central era la globalización
neoliberal.1 Ese diálogo abarcó temas más
allá de la globalización pero decidí concentrarme en
ese problema y lo que pienso que los movimientos
feministas deberían hacer para resistirla por
cuestiones de espacio. Cuando comencé a escribir
este artículo, la guerra ilícita e inmoral contra
Irak no había empezado. Sin embargo decidí seguir
pensando lo espiritual frente a la globalización
neoliberal porque desde mi punto de vista la
mentalidad que ha creado esta globalización es la
misma que se adjudica el derecho a matar a millones
de seres en nombre de la ‘seguridad nacional’.
La globalización y su impacto en las mujeres
La globalización no es un fenómeno nuevo. Hace más
de cinco mil años se inició el proceso de
globalización del patriarcado con tanto éxito que
hoy en día se puede decir sin temor a equivocarse,
que el patriarcado está totalmente globalizado en el
planeta Tierra. La globalización económica tampoco
es un nuevo proceso. En los pasados cinco siglos,
los países económicamente más fuertes han impuesto
su modo de ver el mundo a través del comercio y las
“actividades productivas” a los territorios
“descubiertos” y/o “colonizados” Es más, la
estrategia de “globalizar” políticas, economías,
sistemas, creencias, etc. no es nueva ni ha sido
usada sólo para la imposición o la dominación. Los
movimientos socialistas, pacifistas, anti-colonialistas,
por los derechos humanos, feministas, etc. de siglos
pasados han tenido vocación a la globalización de
sus anhelos, sólo que no la llamaban así.
Por eso, la estrategia neoliberal de denominar
“globalización” al proceso por el cual han logrado
derrumbar las barreras económicas nacionales,
empoderando como nunca antes a las empresas e
instituciones financieras transnacionales, es tan
eficaz. Y es tan exitosa porque los ideólogos del
neoliberalismo nos han hecho creer que la
“globalización financiera” trata del ‘intercambio’
gratuito de personas, bienes y servicios y
constituye progreso para el beneficio de la
humanidad. También nos han hecho creer que la
globalización es sinónimo de la tecnología que la
hizo posible y que no podemos beneficiarnos de la
misma al mismo tiempo que hay protecciones contra el
flujo de capital al interior o al exterior de los
países pobres. Además, sus estrategias son más
exitosas porque han hecho de la globalización un
sinónimo de libertad, progreso, recreación y bienes.
Pero la globalización que conocemos, la que se ha
podido desarrollar a finales del siglo XX y
principios del XXI es la globalización neoliberal.
Lo que realmente está mundializado es el mercado. Lo
único que circula libremente es el capital. Es
decir, la globalización financiera imperialista es
la única que es total, mientras la globalización de
las mercancías, productos o servicios es parcial y
la de las personas es casi inexistente.
Por ejemplo, cada mes se oye hablar de ‘espaldas
mojadas’ que son abusados o abandonados a su suerte
por ‘coyotes’ en su intento por entrar a los Estados
Unidos o a Europa. La mera existencia de estos
coyotes es prueba de que no existe libertad de
migración para la mayoría de las personas pobres. En
nuestra región, a miles de colombianos y
nicaragüenses se les niega la entrada a Costa Rica,
a los Estados Unidos o a cualquier otro país de los
que se han convertido en un “paraíso” para migrar
lejos de la guerra, la pobreza o la violencia. Y
sin embargo, los tratados de libre comercio que los
Estados Unidos está imponiendo a nuestros países no
liberan las fronteras de ese país para que los
pobres puedan migrar sin obstáculos, pero sí
insisten en el libre flujo de capital. La
liberalización financiera ha sido el sello de la
globalización neoliberal, debido principalmente a la
‘asesoría’ de las instituciones financieras
internacionales y a la idea promovida por los
economistas neoliberales, de que habrían grandes
beneficios para las naciones en ‘desarrollo’
derivados de la apertura de los flujos del capital
internacional a los países en desarrollo. Y aunque
la crisis económica Asiática 2 demostró
los peligros del libre flujo del capital, los
negociadores comerciales continúan insistiendo en
esto. 3
Esta globalización financiera neoliberal es a lo
que me refiero cuando hablo de la pesadilla de la
globalización para las mujeres. Aunque hoy en día
las mujeres estamos más pobres, y somos las más
violentadas y alienadas gracias a la globalización,
varias feministas piensan que tenemos que ‘verle su
lado amable’, porque nos han vendido la idea de que
estar contra la globalización es estar contra el
progreso. Pienso que es hora de que le pongamos
apellido a este proceso de globalización para que
entendamos que no tiene lado amable ni ha producido
ningún beneficio para las grandes mayorías. La
globalización que existe es la globalización
capitalista en su fase neoliberal. Este apellido es
importante porque si decidimos oponernos o
resistirla, sepamos con claridad a qué es lo que nos
oponemos.
Cuando algunas personas identifican una serie de
factores y de procesos implicados en la
globalización, hay que saber que el Internet, los
avances científicos, los movimientos sociales, las
luchas ambientalistas, el pacifismo, el feminismo,
etc. no son internacionales gracias a la
globalización; son internacionales contra ella, a
pesar de ella y/o antes de ella. Pensemos, si no, en
el VIH/SIDA. Es gracias a investigaciones feministas
y el uso del Internet que hoy sabemos que esta
pandemia está afectando mayoritariamente a las
mujeres. Es gracias a los avances tecnológicos y
científicos que hoy podríamos acabar con ella. Pero
es gracias a la globalización que unas cuantas
transnacionales tienen el poder de anteponer su
avaricia frente a esa posibilidad impunemente. ¿Por
qué? Porque, gracias a la globalización neoliberal,
no es un crimen de lesa humanidad hacer mucho dinero
a costas de la vida de las grandes mayorías negando
las medicinas necesarias a quienes no tienen cómo
pagarlas
Es más, la globalización ha permitido que el país
que cuenta con el mercado más fuerte de bienes
intangibles y un sistema militar para respaldarlo,
sea entendido como líder en cuestiones que nada
tienen que ver con su poderío económico-militar. Así
los sistemas político, legal y educativo de ese país
son vistos como modelos a emular, pese a que en ese
país el actual presidente no fue electo por la
mayoría de los votantes; las cárceles están llenas
de personas pertenecientes a minorías étnicas; las
mujeres no cuentan con licencias pre y post natales,
y el mayor acceso a la educación superior no está
produciendo más mujeres solidarias con las mayorías
excluidas de los supuestos beneficios que estaría
produciendo el actual sistema, sino más mujeres que
gozan de los privilegios que otorga esa
globalización, a costas de millones de mujeres que
no pueden ni tan siquiera aspirar a recibir una
educación básica. En un mundo cada vez más crítico
de lo que emana de ese centro de soberbia,
arrogancia y despotismo, que se ha erigido en
gendarme del mundo, muy poco se cuestiona su
tecnología, su ciencia, su medicina y sus planes
Colombia5, que sólo en apariencia nos han
dado más ocio, libertad, salud o paz.
La globalización no ha significado progreso 6,
ni interdependencia, ni igualdad, ni paz, ni
felicidad para la mayoría de la población mundial.
Menos para las mujeres, que – como ya se ha probado
y recomprobado en demasiados estudios e
investigaciones realizadas por instituciones
académicas, de desarrollo, de derechos humanos, de
mujeres, etc. 7 – están peor que nunca.
8 Entonces, ¿por qué es que el movimiento
feminista, como tal, no tiene un planteamiento y
estrategias consolidadas para combatir este proceso
llamado globalización, cuyo impacto más contundente
ha sido la imposición de una cultura necrófila y
misógina por todo el mundo?
Creo que una respuesta, entre muchas otras posibles,
es que el movimiento feminista, al menos el que más
conozco, que es el interamericano, se desrumbó,
perdió su norte y se durmió en sus laureles. Perdió
su camino y se hizo cómplice de sus éxitos pasados
en relación con el estado. Pienso que se le borró
el objetivo, porque en su afán por eliminar la
discriminación que sufrimos todas las mujeres de
distintas edades, razas, clases, habilidades, etc.
hemos pensado únicamente en lo ‘posible’ dentro del
Estado. Hemos cesado de soñar en mundos nuevos. En
este esfuerzo de trabajar en los parámetros de lo
posible, incluimos a todas las mujeres,
independientemente de si se identificaban con el
feminismo o no. Y lo hicimos a tal punto que hoy en
día se puede ser feminista y también estar en la
junta directiva del Fondo Monetario Internacional,
en la presidencia de un partido neoliberal o al
mando de un pelotón del ejército. Este es un
problema crucial. No estoy diciendo que las mujeres
en esos puestos no puedan ser feministas o no
deberían ser feministas. Tan solo digo que si el
feminismo es algo tan difuso y abstracto que puede
dar cabida a una ideología como el neoliberalismo
que es responsable del empobrecimiento de millones
de mujeres, matando y mutilando a miles y haciendo
la vida más difícil para la mayoría, entonces
tenemos un problema. Y si tenemos un problema,
tenemos que enfrentarlo en lugar de pretender que no
existe.
Es más, yo digo que nos dormimos en nuestros
laureles porque, aunque hemos logrado bastante,
muchas nos hemos creído el cuento de que los logros
dentro de la estructura actual es lo que
necesitábamos para acabar con el patriarcado. Es
innegable que, en las décadas de 1980 y 1990, este
movimiento tuvo increíbles logros en la esfera
pública: formal reconocimiento de la violencia de
género como problema social y violación de los
derechos humanos; derogación de casi todas las leyes
abiertamente sexistas; más mujeres en casi todos los
niveles de toma de decisiones y la creación de los
ministerios o secretarías de la mujer; promulgación
de leyes y convenciones con perspectiva de género;
conferencias internacionales y regionales que
adoptaron plataformas de acción que, de cumplirse,
acabarían con la discriminación y explotación de las
mujeres por ser mujeres, etc. Y, en la esfera
privada, también tuvo algunos logros para algunas
mujeres: más libertad de expresión, más
posibilidades de moverse, más caminos abiertos a más
mujeres.
Pero insisto en que el movimiento se durmió en sus
laureles porque también es innegable que la
violencia de género no sólo se ha incrementado, sino
se ha sofisticado; que la justicia sigue siendo
androcéntrica a pesar de todas las derogaciones,
capacitaciones, innovaciones y convenciones con
perspectiva de género; el poder sigue siendo
masculinista aunque ahora se pinte las uñas; y la
pobreza sigue siendo una chicana, mulata, negra o
indígena, aunque hayamos logrado que el discurso de
la diversidad sea asumido hasta por nuestros
enemigos. Y aunque para algunas hay más libertades,
también es cierto que hoy casi todas las mujeres
somos prisioneras de la moda, o la publicidad, o los
fundamentalismos o las drogas legales e ilegales y
hasta de la misma “libertad sexual” y “avances”
científicos y tecnológicos que nos insisten que
somos seres siempre enfermas, malolientes, demasiado
gordas y de la edad, color, pelo y personalidad
equivocados.
No estoy diciendo que el deterioro o la falta de
avances se deban únicamente a nuestra complacencia
con nuestros éxitos pasados dentro del movimiento de
mujeres. De hecho, se deben probablemente sobretodo
a estrategias ineficaces, y todavía más, a fuerzas
externas más allá de nuestro control. Sin embargo,
pienso que existe un elemento de complacencia cuando
no vemos la necesidad urgente de unirnos contra esas
fuerzas externas, o de cuestionar o analizar
nuestras estrategias con el fin de implementar unas
nuevas, o incluso algo más urgente, cuando hemos
decidido que lo personal no es político. En lugar de
reevaluar nuestros objetivos, estrategias e
identidades, continuamos apoyando las estrategias
hacia el Estado que fueron exitosas en el pasado. En
mi opinión eso es dormirnos en nuestros laureles.
Por eso pienso que tenemos que re-construir un
movimiento capaz de enfrentar los viejos y nuevos
retos de la globalización neoliberal. En los
párrafos que siguen quisiera delinear algunas ideas
sobre cuál es el movimiento que necesitamos para
lograr los ideales del feminismo o, al menos, los
que yo considero son sus ideales. Sobra decir que
estas ideas están basadas en mis opiniones y
sentimientos personales, no son verdades grabadas en
piedra. Por supuesto, estas ideas las he
desarrollado gracias a la aportación de muchas
mujeres y, obviamente, no pretenden ser excluyentes,
y tampoco una lista cerrada. Al contrario, espero
que estas ideas generen mucho debate amoroso que nos
ayude a todas a crear estrategias más armoniosas,
eficientes y efectivas.
Por ‘debate amoroso’, entiendo que aunque muchas
mujeres podrían estar en desacuerdo conmigo, podrán
ser capaces de decirlo con amor, y no acusarme de
ser lo esto o lo otro, y no leer mis opiniones como
una imposición. Espero también que seré lo
suficientemente abierta, flexible y segura para
escuchar estos desacuerdos de tal forma que pueda yo
reformular mis ideas sin sentirme disminuida o
equivocada en un cierto sentido. He visto demasiadas
reuniones en las que una oyente acusa enojadamente a
la que habla y ella se pone tan a la defensiva que
no se logra nada excepto reforzar el patriarcado,
conforme las mujeres continuamos siendo nuestras
propias enemigas. Esencialmente, sugiero que este
tipo de debates requiere plantearnos preguntas y
contestarlas desde un corazón amoroso y desde un
espacio emocional que este libre de prejuicios y
reproches. Esto no es fácil porque como mujeres
hemos sido indoctrinadas a desconfiar unas de otras
y con la idea de que las mujeres somos siempre
culpables de algo.
Lo espiritual es político
Creo que la tarea más urgente que tenemos que hacer
para lograr un movimiento capaz de enfrentar los
embates de la globalización de la cultura
capitalista en su fase neoliberal es re-crearnos,
redefinirnos y reafirmarnos como seres
sentipensantes, autónomamente interdependientes y
finitamente eternos. Seres capaces de pensar
amorosamente, vivir el ahora sin desconocer el
pasado ni olvidar el futuro, sintiéndonos únicos a
pesar de ser unas con el todo. Esto, creo yo, es
espiritualidad.
En vez de que nuestra comprensión de nosotras mismas
avance en esa dirección espiritual, la publicidad de
las grandes transnacionales ha creado una cultura
global en la que necesitamos consumir y acumular
para llenar el vacío de nuestras vidas. Nos ha
convertido en personas que nos sentimos tan
alienadas, fragmentadas y aisladas de nuestro ser
interior, que buscamos, en la acumulación de
objetos, conocimiento y poder, llenar ese vacío que
sentimos. Por eso pienso que lo espiritual es tan
político en esta era. Lo espiritual es transgresor a
los mandatos del mercado porque tiene que ver con la
plenitud interior, con el diálogo que establezcamos
con nosotras mismas. Lo espiritual tiene que ver con
un estado de ultra conciencia que nos permite ver y
entender quiénes somos realmente. Mi sugerencia para
los movimientos globales de mujeres, es así mismo el
buscar una espiritualidad feminista y desarrollar
una ‘ultra conciencia feminista’.
Esta ultra conciencia feminista va más allá de una
conciencia feminista, que es entendida como un
estado mental que nos permite ‘ver’ el sexismo. Una
ultra conciencia feminista nos permitiría ver no
únicamente el sexismo en las estructuras sociales,
pero también la manera en que el sexismo opera en
nosotras mismas y se encuentra relacionado con todas
las otras formas de opresión. Nos permitiría ver las
energías fluyendo hacia dentro y fuera de las
opresiones, de manera que no reproduzcamos esas
energías en nuestras soluciones. Por ejemplo, la
energía que emana de la violencia de género hacia
las mujeres es misógina y la energía que emana de la
misoginia es odio por el sexo opuesto. Si la
solución que proponemos para la violencia de género
es solamente o principalmente el castigo de los
perpetradores, sin consideración o compasión para
con su construcción como hombres, ¿no sería esto lo
equivalente a ‘odiar a los hombres’? ¿No son estas
energías similares? ¿No deberíamos tratar de
encontrar una solución que fluya con una energía
diferente? ¿Qué les parece amor o compasión o
perdón? No son fáciles, pero probablemente son
necesarias.
Cuando hablo de que necesitamos una espiritualidad
feminista NO estoy hablando de una religión en sí
misma. Definitivamente NO estoy proponiendo la
creación de autoridades religiosas femeninas, o
rezarle a una diosa en vez de a un dios, pues estos
no son actos políticos per se. Por supuesto
que quien quiera hacerlo está en su derecho, pero
ésa no es la espiritualidad de que hablo cuando digo
que lo espiritual es político. La espiritualidad
política es la que nos permite re-crearnos como
seres interdependientes e infinitos, capaces de
enfrentar cualquier imposición de afuera con una
valentía creativa. Tenemos que ser valientes y
creativas en la travesía para discriminar entre
nuestro condicionamiento y nuestros verdaderos
sentimientos. Es este viaje caminaremos por
tierras solitarias y desconocidas y por eso
necesariamente tendremos que apoyarnos las unas en
las otras y en los hombres solidarios. Como dije
antes, la espiritualidad tiene que ver con un estado
de ultra conciencia feminista que nos permita ver a
la mujer que somos; necesitamos quitarnos miles de
años de adoctrinamiento en valores y formas de
entender la realidad patriarcal. Es necesario,
identificar cuáles son nuestros verdaderos
sentimientos y cuáles son los que nos han enseñado a
sentir.
Necesitamos encontrar ese estado de ultra conciencia
que nos permita tanto amar con la razón como
entender con el corazón, para deshacer las falsas
dicotomías en que nos ha dividido la ideología
patriarcal. Con esta conciencia nueva podremos
sentir y pensar el mundo de maneras nuevas, lo que
nos llevará a imaginar, soñar y crear otras
actitudes hacia todo lo que nos rodea. Esto a su vez
nos irá construyendo otros estilos de vida, menos
consumistas, más sororales. Estilos de vida
respetuosos de los otros seres que habitan este
planeta y también amoroso. Nos permitirá encontrar
formas de ‘ser en nuestros cuerpos’, en lugar de
tratarlo como un objeto en el que habitamos.
Una certidumbre que se aclara cada vez más en esta
era de globalización neoliberal, es que necesitamos
otras actitudes y valores para poder resistir. No
podemos seguir entre la disyuntiva de asumir lo
masculino como nuestro o presumir de lo femenino
como superior. Tenemos que poner fin a la dicotomía
masculino/femenino, con actitudes y valores
realmente inclusivos. Necesitamos otros estilos de
vida que no sean tan violentos y misóginos.
Definitivamente necesitamos más amor, más perdón,
más tolerancia en nuestras vidas.
Creo que la lucha contra la globalización puede
ayudarnos a encontrar esos valores que tanto
necesitamos recuperar, esas nuevas actitudes y
estilos de vida que tenemos que adoptar si queremos
seguir existiendo en este planeta. Pero también
tenemos que recordar que no sólo somos personas
dentro del mundo globalizado, sino mujeres a las que
la globalización está empobreciendo, violentando y
fragmentando. No podemos unirnos a la lucha contra
la globalización neoliberal así nomás. Tenemos que
crear un movimiento feminista fuerte, que tenga algo
que aportar a esa lucha, y que en ese aporte estén
su poder y su fuerza.
Para recuperar y recrear el femenino sobre lo cual
podemos basar nuestra contribución a la lucha contra
la globalización neoliberal, tenemos que volver a
mirar hacia los inicios del patriarcado. Sabemos
que en la prehistoria, es decir, en los tiempos pre
patriarcales, la divinidad era una mujer. Entender
cómo hicieron los primeros patriarcas para
reemplazar a la diosa nos puede dar una pista de
cómo recuperarla y re-crearla. No para adorarla como
a un dios, sino para recuperar nuestro amor por lo
femenino y todo lo asociado con ello, como el
cuidar, nutrir, dar, etc. Para recuperar y recrear
lo femenino, tenemos que volver nuestros ojos al
comienzo del patriarcado. Se sabe que una de las
estrategias de los patriarcas fue arrancarles a los
cuerpos femeninos, capaces de dar vida, su sentido
trascendente y espiritual. Así, el cuerpo se vio y
se entendió como desprovisto de toda sacralidad,
mientras que el alma se consideró depositaria de lo
divino, espiritual y superior. Las religiones pre-patriarcales,
que tenían diosas entre sus divinidades, no hacían
esta distinción. Para ellas, el cuerpo era sagrado,
porque era uno con el espíritu o alma; y, por
ende, los cuerpos femeninos, capaces de dar vida a
otros seres humanos, eran considerados divinos. Y
como el cuerpo era sagrado, el placer también lo
era. Pero las religiones patriarcales nos quitaron
no sólo la capacidad de trascendencia, sino la de
sentir placer sin culpa.
De nuevo necesitamos de lo espiritual para crear un
movimiento feminista que ofrezca placer a las
mujeres: placer en el sexo, en el cuerpo, en la
mente y en el alma; pero también en el trabajo y en
el activismo. Necesitamos un movimiento alegre,
feliz, placentero y eficiente. No necesitamos un
movimiento que se mate trabajando, sino un
movimiento que baile, ría y goce creando
coreografías contra la globalización. La
espiritualidad feminista, al contrario de la que
crearon los patriarcas, no niega el placer; más bien
nos ilumina sobre las millones de maneras de
disfrutar cada segundo de la conciencia, del
trabajo, del activismo, de nuestro poder y,
especialmente, de nuestros cuerpos.
La espiritualidad feminista también nos enseña que
el placer no se puede acumular, ni repetir, ni
vender ni poseer y que, por lo tanto, como no es una
mercancía, no le interesa a la globalización
neoliberal. Por eso, sentir placer, ser feliz, bien
podría ser nuestra mayor rebeldía contra el orden
económico neoliberal. ¿Por qué? Porque una cultura
basada en la economía de mercado tal como la que la
globalización nos ha impuesto, requiere de personas
que compren, compren y compren. Si una persona está
feliz con lo que tiene y con lo que es, compra
menos. Por lo tanto, es lógico asumir que una
economía de mercado necesita personas que sean
infelices con lo que son y lo que tienen. La
estrategia es hacernos sentir infelices, sin valor,
sucias, enfermas, ignorantes y dependientes, de
manera que podamos comprar cosas que nos hagan
sentir limpias, sanas, libres e independientes. Solo
hace falta ver los anuncios en la televisión para
entender esto.
Asimismo, lo espiritual es político porque
dependiendo de cómo una persona se ve a sí misma y
comprende la realidad, es como una persona se
comporta. Si nos vemos como víctimas de los hombres,
nos comportaremos con venganza; si nos vemos como
superiores, nos comportaremos como los hombres lo
han hecho con nosotras. Si creemos que sólo somos
carne sin espíritu, o si creemos que hay un dios y
que éste está fuera de nosotras, seguramente no
podremos sentir plenamente la alegría y el dolor
ajenos. Pero si nos vemos como expresiones distintas
de una misma energía o divinidad, nos comportaremos
con el amor y el respeto que esta conciencia nos da.
¡Y esto sí es político!
Consideremos por ejemplo la violencia contra las
mujeres en la esfera doméstica. En América Latina el
énfasis se ha puesto en la criminalización de la
violencia doméstica y por muchos años el movimiento
de mujeres ha dedicado la mayoría de su energía en
esto. Para mí, esta es una estrategia poco efectiva
a largo plazo porque surge del deseo de castigar a
quienes nos lastiman, lo que al final es realmente
un deseo de venganza. El castigo y la venganza para
los abusadores domésticos, como el castigo y la
venganza para los terroristas, producirán únicamente
más violencia. Necesitamos encontrar estrategias que
surjan de un espacio espiritual que fluya con
compasión y entendimiento, incluso hacia aquellos
que nos violentan, para poder terminar con esta
violencia.
Entonces, ¿cuál podría ser una mejor estrategia? Sé
que criminalizar este problema no terminará con él.
Pero no tengo la respuesta. Sin embargo, pienso que
debemos aprender a escuchar lo que las mujeres
victimas de violencia doméstica quieren. Tenemos que
sentir respeto hacia ellas y entender sus
necesidades, pero antes que nada tenemos que vernos
a nosotras mismas y entender lo que queremos.
¿Queremos venganza? ¿Queremos que las agresiones
sean castigadas a cualquier costo debido a nuestras
propias necesidades como victimas también? Pienso
que deberíamos cuestionar nuestros motivos y
preguntarnos: ¿Estamos comprometidas con esta
estrategia porque realmente pensamos que terminará
con la violencia, o no somos capaces o no queremos
dar tiempo y energía para terminar la violencia a
través de estrategias más difíciles y que consumen
mucho más tiempo?
Hacia un movimiento feminista espiritual contra la
globalización
Es cierto que frente al patriarcado necesitamos
políticas de género que alivien la pobreza y la
violencia contra las mujeres. Pero esta fase del
patriarcado que nos está trayendo la globalización
militarizada requiere además de estrategias
diferentes, pues en realidad la mayoría de nuestros
Estados ya no tienen mucho poder ni son capaces de
solucionar ningún problema. Además, la globalización
es un proceso que no hemos decidido las ciudadanías,
sino unos cuantos hombres billonarios disfrazados de
mercado libre. Por eso, en él las políticas
nacionales tienen cada vez menor importancia porque
el mercado está fuera del alcance de la política.
Entonces, ¿será realmente a través de la política
tradicional que acabaremos con la discriminación y
explotación de la mayoría de las mujeres? ¿Qué retos
específicos plantea la globalización a las mujeres y
cómo los podríamos abordar?
Estoy convencida que necesitamos un movimiento
feminista que no busque el mismo poder que los
hombres han ejercido, sino uno que valore el poder
que se encuentra en el amor a la vida, en la amistad
y la sororidad. En las décadas de 1960 y 1970 nos
reuníamos en grupos de apoyo para tomar conciencia
sobre nuestra situación como mujeres en el
patriarcado y buscar lo femenino que el patriarcado
había invisibilizado y trivializado. Hoy necesitamos
un movimiento compuesto por miles de grupos de
mujeres dispuestas a soñar y construir la
posibilidad de crear otro mundo porque, como dice el
movimiento más revolucionario de este nuevo milenio:
“otro mundo es posible” A la luz de estas palabras,
quisiera sugerir que necesitamos formular nuestras
estrategias contra la globalización.
Para (re)-construir el movimiento feminista de cara
a la globalización neoliberal, un paso fundamental
será el de cesar de hablar en abstracto y utilizar
esta nueva conciencia feminista de la que he estado
hablando para darle contenido a conceptos como
‘amor’ ‘sororidad’ y ‘amistad.’ Esto implica
sentirlos y darles espacio, no sólo en nuestras
relaciones interpersonales cotidianas, sino también
en nuestras acciones públicas.
Por ejemplo, en nuestras acciones públicas
necesitamos continuar denunciando la discriminación
y la violencia que como mujeres enfrentamos
cotidianamente, pero necesitamos también celebrar
nuestras vidas, nuestras amistades, nuestra
historia, con festivales de arte, con carteles,
conciertos, poemas y teatro. Necesitamos visualizar
una vida sin discriminación y sin violencia.
Necesitamos crear utopías feministas que describan
en detalle como sería una sociedad sin sexismo. Y
definitivamente necesitamos además reírnos de
nuestras propias faltas y aprender de ellas.
El contacto con nuestra espiritualidad nos puede
ayudar además a tener relaciones amistosas con toda
la gente sin perdernos a nosotras mismas, lo cual es
esencial en la construcción efectiva de un
movimiento contra la globalización. Desarrollar
relaciones amistosas entre todas las feministas
implica cambiar nuestras actitudes y creer en
nuestros propios discursos. Estoy hablando de
tratarnos como amigas en vez de envidiarnos,
maldecirnos, traicionarnos, engañarnos y
maltratarnos. Estoy hablando de creernos las unas en
las otras. Una vez más, con una espiritualidad
feminista podríamos lograr que, en vez de estar
divididas por la desconfianza y los celos, podríamos
llegar a un verdadero entendimiento de lo que
siempre hemos dicho: que lo que es realmente bueno
para vos es bueno para mí.
Juntas necesitamos construir un movimiento feminista
compuesto por mujeres comprensivas, compasivas,
leales y respetuosas. Necesitamos reconocer las
distingas capacidades que cada mujer tiene y, por
ende, conscientes de que los liderazgos son
múltiples. Necesitamos un movimiento feminista
dispuesto a ser uno de los líderes del movimiento
contra la globalización neoliberal. Esto implica que
tenemos que reconocer que aunque todas somos
sobrevivientes increíblemente capaces del
patriarcado globalizado, hay unas mujeres más
capacitadas que otras para el tipo específico de
liderazgo que se requiere para ser parte de ese
movimiento. Es vital entender esto: el que
reconozcamos que una mujer es líder en un espacio
especifico, no quiere decir que la reconozcamos como
superior, o más inteligente o mejor que el resto de
nosotras. En el movimiento feminista, tenemos todas
un rol que cumplir. Es con este tipo de conciencia
que seremos capaces de confrontar la pesadilla de la
globalización neoliberal.
La globalización plantea a las mujeres, a los
derechos humanos y a nuestro planeta en general,
diversos retos particulares. Primero, la
globalización nos está imponiendo una sola cultura
en todo el mundo: la estadounidense, que es la que
vemos en televisión, comemos en los centros
comerciales y la forma en la que nos vestimos en la
calles y lo que aprendemos en la escuela. Por eso es
que con esa nueva conciencia necesitamos crear una
contracultura feminista. Debemos perder el miedo a
que nos tilden de auto-referenciadas, de idealistas
ineficientes o de anticuadas, mujeristas, hembristas
o lesbianas. Tenemos que permitirnos ser
transgresoras, sin convertirnos en desobedientes
útiles al sistema. Y esto sólo lo podemos hacer si
nos convertimos en un movimiento feminista dedicado
a construir y crear fuera de los límites que nos
imponen cuando decidimos ser eficaces, al
incorporar la perspectiva de género en las leyes del
estado y en las políticas públicas.
Crear esta contra cultura feminista no significa
imitar la cultura misógina que nos han impuesto el
patriarcado globalizado. Concebir otra cultura no
significa darle vuelta a la vieja moneda
imperialista. Implica la creación de arte,
tecnologías, ciencias, lenguajes, símbolos y mitos
desde nuestro verdadero ser interior, en conexión
con todos los otros seres. Requiere levantar los
velos que obstruyen nuestra visión clara de nosotras
mismas: velos de romanticismo, tragedia griega,
mitos patriarcales y culpa ancestral; velos que
prohíben el placer y que no nos permiten sentir,
oler, tocar, ver, escuchar o incluso soñar sobre
otro mundo sin sesgos patriarcales. De nuevo, para
poder alcanzar esto, necesitamos una espiritualidad
que nos permita vernos a nosotras mismas como lo que
somos, sin miedo, sin excusas y, sobretodo, sin
juicios.
Crear esta contracultura no será fácil y es por eso
que necesitamos trabajar en grupos de
concientización para poder ver colectivamente las
partes vulnerables del patriarcado. Pero tenemos
también que trabajar individualmente, con
estrategias que nos permitan conocernos y crecer
como seres humanos, tal como la meditación y el
yoga. Crear una contracultura feminista es difícil
porque implica el no creer o aceptar ideas que la
humanidad ha tenido durante siglos como verdades
universales: la familia nuclear como la unidad
básica de la sociedad; la obediencia y la
disciplina como valores que hacen mejores a las
personas; la culpa dada por dios; el bien y el mal
siempre reconocibles y el cuerpo separado del alma o
de la mente. Además tendremos que ver cómo hemos
internalizado la noción de que el placer erótico y
los tratos violentos y degradantes van de la mano;
que la belleza es siempre delgada y joven; y que la
seguridad es más importante que la libertad. Y todas
estas cosas no sólo tendríamos que entenderlas como
verdades a medias o falsedades absolutas, tendríamos
que sentirlas así en nuestro cuerpo.
Decodificar nuestros sentimientos o incluso
sentirlos, requiere de un sentido de derecho y de
valentía. Pero el reto no es únicamente el ponernos
en contacto con nuestros cuerpos convirtiéndonos en
nuestros cuerpos, también es el de crear un contexto
que haga posible esta conciencia y que valide
nuestras respuestas. Los sentimientos individuales
de enojo o indignación por lo que ha sido
considerado ‘natural’ o ‘ordenado por dios’ durante
siglos, requieren de una legitimidad cultural y esto
sólo puede suceder si creamos esta cultura que
validará nuestros sentimientos.
Por supuesto que una contracultura feminista no
sería linear ni una mono-cultura, más bien una
diversidad de opiniones diferentes. De la misma
manera en que hay muchos feminismos, también hay
muchas utopías y muchas culturas feministas. Estas
diversas Utopías, y quizás utopías en conflicto,
podrían ser fuente de descontento en el futuro.
Pero si trabajamos sobre nosotras mismas, si creamos
espacio al exterior y al interior de nosotras mismas
donde tener debates amigables, el descontento podría
ser minimizado. Quizás al aprender a crear desde el
corazón y no únicamente desde la mente, lograremos
detener la competencia por la verdad.
Un segundo reto clave de la encarnación neoliberal
de la globalización es que está sustituyendo una
economía basada en la producción de bienes, por una
basada en la especulación. Para tener una visión
alternativa, necesitamos un movimiento feminista que
ponga la reproducción humana como el tema central de
todas las luchas por la justicia. En otras palabras,
frente a una globalización cuyo éxito se sustenta en
el desprecio por la reproducción humana, frente a
una globalización que tan fácilmente pasó de
sobrevalorar la producción de bienes tangibles, a
súpervalorar los bienes intangibles, necesitamos un
movimiento feminista que valore realmente la
reproducción y que base su economía tanto en esta
reproducción y la producción de bienes materiales
necesarios para nuestro bienestar, sin destruir el
planeta. Nuestro movimiento debe hacer ver a otros
grupos que luchan contra la globalización
neoliberal, que es imprescindible que todos
incorporemos la gama completa de los temas de la
reproducción humana, incluidos el erotismo y el
placer, y también la valoración del pensamiento y
cuidado maternos como parte de su visión.
Las feministas, conocedoras de que las políticas de
ajuste estructural han empobrecido más a las mujeres
que ya eran pobres, no podemos pretender que el
Estado neoliberal pueda realmente beneficiarnos sólo
porque dan su apoyo en cuanto a la penalización de
algunas formas de violencia de género o por
instituir cuotas de representación política. El
tipo de economía que el estado neoliberal esta
generando, demanda que el movimiento feminista en sí
sea de izquierda, socialista y apostar por la
eliminación de todos los privilegios, para que el
movimiento sea efectivo. Necesitamos un movimiento
que parta de la creencia de que el patriarcado es
odioso, no sólo porque se basa en la dominación
masculina, sino también porque promueve la
dominación y el control como fines en sí mismos.
Tenemos que ser un movimiento que se oponga a todas
las formas de dominación y que luche por crear
economías y estructuras políticas basadas en
principios de igualdad sustantiva.
Cuando hablo de un movimiento de izquierda y
socialista, NO estoy hablando de La Izquierda ni del
socialismo de los patriarcas. Estoy hablando de la
izquierda que está contra la dominación de cualquier
tipo. Estoy hablando de un socialismo que todavía
no se ha dado en ninguna parte de este planeta. Si
las feministas hemos tenido la paciencia de
“capacitar” a nuestros gobernantes en “género” y en
‘transversalización de la perspectiva de género’,
¿por qué no vamos a tener la misma paciencia para
convencer a las personas de izquierda y socialistas
de que la dominación basada en el género es tan
oprobiosa como la basada en la clase, la raza o
cualquier otra categoría? Es más, es la más antigua
de todas las dominaciones y tal vez la más difícil
de erradicar. Creo que vale el esfuerzo de tomar
este reto porque estoy convencida que lograremos
mucho más incorporando la perspectiva de género en
el socialismo que en las políticas neoliberales o en
los partidos tradicionales. Así como fuimos tan
exitosas en reconceptualizar los derechos humanos,
la democracia, las políticas públicas para que
incluyeran nuestros intereses y necesidades, no veo
por qué no hemos de poder reconceptualizar el
socialismo para que incluya nuestro anhelo de una
sociedad sin dominación y discriminaciones contra
las mujeres. Algo todavía más importante, debería
incluir la construcción de una sociedad que valore
el cuidado de los seres humanos, más que la
producción de bienes y mucho más que la acumulación
del poder.
Hablando de deseos, estoy convencida que una
estrategia poderosísima contra la globalización
neoliberal sería que supiéramos cómo llenar ese
vacío interior que sentimos tantas personas.
Deberíamos cuestionarnos cómo es que las iglesias
evangélicas, así como partidos religiosos y
conservadores, están atrayendo a tantas mujeres. No
propongo que les imitemos para vender a las mujeres
más mentiras, como lo hacen ellos, o para crear otra
religión impositiva como tantas otras, sino para
entender qué es lo que ellos les ofrecen que
nosotras no. Podría ser que su éxito se deba a que
fabrican la ilusión de llenar ese vacío interior que
nos deja la bolsa de valores. Por eso necesitamos un
movimiento que haga proselitismo. Que esté dispuesto
a promover las ideas y prácticas feministas de
múltiples y nuevas maneras. Y algo más, necesitamos
un movimiento feminista que sea relevante para las
grandes mayorías de mujeres. Y por eso pienso que
nuestro movimiento tiene que ser feminista y
socialista pues de lo contrario no puede eliminar
las discriminaciones que sufren todas las mujeres de
todas las clases.
Un tercer elemento de la globalización neoliberal
que quisiera recalcar es su tendencia a
fragmentarnos aún más al promover la división entre
nosotras, capitalizando nuestra diversidad. Para
contrarrestar esto, necesitamos un movimiento
feminista que no caiga en la trampa patriarcal de la
diversidad como identidad política. Así como las
mujeres no somos un grupo homogéneo, tampoco lo son
las negras, las lesbianas, las indígenas, las
jóvenes. Dentro del grupo de las negras, por
ejemplo, hay ricas y hay pobres, hay lesbianas, hay
bisexuales y hay heterosexuales. Del mismo modo, en
el grupo de las lesbianas hay chinas y hay
indígenas, hay jóvenes y viejas, del Norte y del
Sur, lesbianas marginadas y lesbianas con
privilegios. Las identidades son infinitas y si nos
centramos en ellas no podremos vencer al
patriarcado, que es la raíz de nuestras particulares
opresiones. En vez de luchar sobre nuestras
identidades múltiples, tenemos que luchar contra la
dominación, los privilegios y el control como
valores que nos deshumanizan a todas.
NO estoy diciendo que no debemos celebrar nuestra
diversidad; o peor todavía, que no tenemos que
reconocer que aun entre nosotras se dan el racismo,
la homofobia, el etarismo, entre otros. Pero debemos
hacerlo con el hilo conductor de la lucha feminista
para tener siempre presente que lo que nos une es la
lucha contra el patriarcado en su encarnación
capitalista. Y si los valores más constantes en las
distintas fases del patriarcado han sido la
misoginia, la dominación y el control de todas las
mujeres, tenemos que luchar contra estos disvalores,
tanto fuera como dentro de todas nosotras. Es
importante que también reconozcamos que el racismo,
la homofobia y la intolerancia no tienen ni género,
ni sexo, ni raza, ni etnia, clase o edad. Viven en
todas nosotras por más discriminadas que estemos.
Por esto creo que, en vez de acusarnos mutuamente de
racistas, homofóbicas, etaristas o clasistas,
necesitamos hacer un esfuerzo cotidiano por eliminar
los privilegios, vengan de donde vengan y estén en
donde estén.
¿Y cómo logramos esto? Creo que se logra al no
pensar que nuestra experiencia es LA experiencia de
todas las mujeres, y hablando o escribiendo nuestras
ideas como lo que son, ideas y no verdades absolutas
o divinas. Pero también debemos reconocer que todas
las ideas feministas son dignas de ser analizadas y
no descartadas a priori sólo porque vienen de una
mujer blanca o negra o adinerada o lo que sea.
Podemos también aprender a hablar de una manera que
no excluya a otras mujeres, incluso si no se les
incluye específicamente. Podemos analizar cada
estrategia, cada propuesta y cada ley desde la
perspectiva de diferentes mujeres para no
reconstruir el racismo, el etarismo u otras
discriminaciones. Pero tenemos también que entender
que no es fácil eliminar de nuestras vidas el
racismo u otras formas de ‘ismos’, y por lo tanto,
en lugar de reaccionar a un panel, a una estrategia
o a un plan de acción que ha excluido a ciertas
mujeres acusando a las organizadoras, podemos
proponer maneras de incluir más mujeres. También al
no reírnos de bromas homofóbicas o racistas y no
recomendando libros, películas o arte que excluyan a
ciertas mujeres o las representen como inferiores,
podemos también reducir la discriminación. Algo
todavía más importante, podemos recibir ideas, arte
y propuestas con amor, en lugar de desconfianza o
prejuicios. Reconociendo que todas/os somos parte de
un sistema que deshumaniza a algunas/os más que a
otras/os y que por lo tanto, como todas/os somos
responsables, también podemos ser parte de la
solución.
El primer paso
En todas mis sugerencias, no hablo de conceptos
abstractos. Estoy hablando de nuestro movimiento
feminista compuesto por mujeres que no sólo somos
distintas en las condiciones físicas o sociales,
sino distintas en las formas como hemos
interiorizado el patriarcado y también en las
maneras como hemos sobrevivido en él. Estoy hablando
de un movimiento feminista compuesto por mujeres que
tenemos que cambiar nuestras actitudes y
comportamientos tanto en lo íntimo de nuestro ser
como en la esfera privada o en la pública. Tenemos
que recordar que nuestro movimiento busca la
transformación de un sistema que no sólo existe en
la esfera pública sino – y tal vez es donde esté más
fuerte– en nuestra relación con nosotras mismas.
Para tener éxito en nuestro objetivo, necesitamos
sentir amor y respeto por las otras, pero
empezando por sentirlo en nosotras mismas.
Necesitamos la capacidad de ponernos en su lugar, de
entendernos las unas a las otras, de llegar a
acuerdos o discrepar sanamente, sin ensañarnos con
la otra. Y esto sólo lo podemos hacer si nuestra
relación con nosotras mismas, con nuestro ser
interior, es amorosa, respetuosa y honesta. De
nuevo, para ello necesitamos el camino de la
espiritualidad.
Como he repetido tantas veces en este artículo,
necesitamos un movimiento dispuesto a enfrentar
valientemente sus errores, sus prejuicios y sus
pavadas. No necesitamos un movimiento compuesto por
mujeres que nos pasamos juzgándonos, acusándonos y
bajándonos el piso mutuamente. Para ello necesitamos
exilar la misoginia que vive en cada una de
nosotras, y esto no lo podemos hacer si no tenemos
la capacidad de verla, entenderla y sacarla de
nuestras vidas con amor y comprensión. El camino de
la espiritualidad feminista nos puede ayudar en esto
pues nos enseña a amar o al menos comprender hasta
nuestro lado oscuro, porque nos permite ver que
podemos aprender tanto de él. Además, cuando
entendemos cómo opera la misoginia interiorizada,
tenemos claves más claras para erradicarla.
El mal llamado movimiento antiglobalización está
contra la globalización existente, no contra una
globalización de lo mejor que ha inventado e ideado
la humanidad. Por eso repiten una y otra vez el lema
“otro mundo es posible” Pienso que ese movimiento
necesita del feminismo y de las feministas para que
ese otro mundo que sí es posible también incluya
nuestros sueños de un mundo sin discriminaciones
contra las mujeres, un mundo que valore el cuidado
de las otras personas. Es más, sólo con la
inclusión de nuestros anhelos podrá ese otro mundo
realmente ser posible. Pero para ello necesitamos un
movimiento feminista fuerte en el reconocimiento de
sus debilidades, unido en el respeto por su
diversidad, feliz con la conciencia del dolor y
amoroso porque tiene raciocinio. ¿Será esto
imposible?
Notas
1
Noveno Encuentro Feminista de Latinoamérica y el
Caribe – Resistencia Activa contra la Globalización
Neoliberal, Costa Rica, 1 al 5 de diciembre de
2002.
2
La crisis financiera que ocurrió en los mercados
emergentes, empezando con Tailandia a la mitad de
1977 para extenderse rápidamente a otros países del
Oriente Asiático antes de afectar a Rusia y Brasil,
expuso dramáticamente los efectos negativos causados
por el flujo de capitales de corto plazo y los
riesgos y peligros graves que acompañan la
liberalización financiera en los países en
desarrollo
3
Para obtener información sobre este aspecto de la
globalización, ver, por ejemplo, O. de Rivero (2002)
The Myth of Development, the Non-viable Economies
of the 21st Century (New York
City: Global Issues Series, St Martin’s Press).
4
Si en alguno de nuestros países un presidente fuera
electo de la misma forma en la que Bush lo fue, Bush
mismo lo utilizaría como una excusa para
‘liberarnos’ de elecciones no democráticas.
5
‘Plan Colombia’ fue oficialmente presentado como una
estrategia diseñada por funcionarios colombianos
para combatir el tráfico de las drogas y alcanzar la
paz con el fin de terminar la década de los
conflictos civiles, propiciar el crecimiento de la
economía y fortalecer el estado de derecho Hay
críticos/as que opinan que la estrategia fue
diseñada en los EUA; que la mayoría del presupuesto
se está gastando en armas de contra insurgencia; y
que el plan tiene como objetivo la guerrilla, el
campesinado y los pueblos indígenas; además el plan
está generando un amplio deterioro del
medio-ambiente.
6 Ver S. Stiglitz (1998)
Globalization and Its Discontents (New York: New
Press).
7 Ver por ejemplo, L. Benería (1995)
‘Scholarly Controversy: Global Flows of Labor and
Capital: Globalization Threatens Labor’s Rights’,
International Labor and Working Class History
47 (Spring).
8
Por ejemplo, se realizó una conferencia
Centroamericana en Nicaragua en 2003, con expertos
del Banco Interamericano, el Consejo Económico de
las Naciones Unidas para América Latina y cientos de
investigadores/as y académicos/as que hablaron sobre
las condiciones de las mujeres después de los
programas de ajuste estructural, en las
maquiladoras, en el mercado informal, etc. Estos
estudios pueden ser consultados en
www.gtzgenero.org.ni.confergen/
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