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¿Control, Castigo o Premio en el otorgamiento de calificaciones?
Escriben: Jesús Rivas Gutiérrez
y José Ruíz Ortega
M.
en C. Jesús Rivas Gutiérrez: Docente de la Unidad Académica de Odontología,
Docente de la Unidad Académica de Docencia Superior y Docente del Programa de
Doctorado en Farmacología, de la Universidad Autónoma de Zacatecas, México
M. en C. José Ruíz Ortega:
Docente de la Escuela Preparatoria “Candelario guisar”, SEC (Secretaria de
Educación y Cultura), Zacatecas, México.
Origen
y costumbre de las calificaciones
La sociedad desde la época
de los grandes filósofos griegos siempre se ha preocupado por las cuestiones
inherentes a demostrar y evaluar el grado de conocimientos que van adquiriendo
los individuos en sus procesos de desarrollo cultural y educativo; en virtud
de que un aprendizaje de este tipo no puede ser tocado, olido o visto en su
esencia pura, tiene que ser inferido objetivamente de una forma tal que a la
vez permita medirlo y pueda ser seguido evolutivamente, situación que de
lleno metió nuevamente a la sociedad en un nuevo conflicto, idear y
desarrollar una modalidad para evaluar ese proceso, que fuera totalmente
neutral y que no pudiera ser permeada por las cuestiones de la subjetividad
humana.
Es por eso que
incursionar en lo supuestamente determinado de la apreciación es ya complejo
en si mismo, ahora, irrumpir en el lado oscuro, en el magma, ir a lo sin fondo
de la parte subjetiva para descubrir los hilos más sensibles de la evaluación
en el ámbito escolar resulta aún más peligroso, turbulento y delicado;
equivale a sumergirse en una encrucijada de múltiples laberintos, en donde se
encuentran dilemas a cada paso, que con el sólo hecho de rozar cualquiera de
sus filamentos puede despertar pasiones ocultas e intereses adormilados por el
hábito y la costumbre , que a través del tiempo han formado su propia
caparazón que ha recubierto con una y otra capa lo negado, lo más allá, lo
que está ebulliendo en la esencia, en el corazón, en el núcleo del fenómeno
mismo .
La sociedad entera parece
que ha aceptado y legitimado una cultura especifica de la evaluación
educativa, que con el pasar del tiempo se ha tergiversado y que a simple vista
por la cotidianidad de las acciones mismas ha tomado el sentido de la llana
asignación de una calificación numérica, la cual con el pasar del tiempo,
se ha orientado hacia su propia discriminación al comprobar por los sujetos,
por medio de ese tipo de valoración, que ese es su destino y que no es
posible luchar contra él. La práctica de calificar con notas denominadas
calificaciones ha impregnado hasta lo encubierto a fuerza del uso y costumbre
hasta convertir como válido y legítimo a lo que no se deja ver con nitidez y
con transparencia, es decir, el evaluador a fuerza de carecer de elementos teóricos
y metodológicos que le permitan realizar una verdadera apreciación de la
evolución del proceso de formación, información y capacitación de sus
educandos ha sumado, entendido y aplicado dentro de su propio capital
cultural, que no es menester desarrollar grandes esfuerzos para ser imparcial
y neutro a la hora de signar una calificación, que solamente basta con que
esa apreciación quede dentro de los parámetros normales que el imaginario
social ha construido y considerado como lo que no se debe cuestionar porque
esta dentro de la norma y la normalidad, aunque en el interior del proceso
mismo de aplicar una calificación se encuentre todo un submundo de factores,
variables, condiciones y situaciones que condicionan o influyen una valoración
.
En el análisis efectuado
sobre los procesos de evaluación, realizados por los autores del presente
articulo, se ha encontrado que la otorgación de calificaciones está regida
por patrones imbricados en factores independientes entre sí, pero que en
algunos puntos se tocan y se interrelacionan tanto que llegan a torcer la línea
progresiva de la valoración pura, hasta culminar en una especie de círculo
vicioso que tiende de forma orgánica hacia su propia reproducción, pero que
sin embargo, en el núcleo de esta reproducción se gestan dos aspectos
inmanentes del ser humano, en constante conflicto y lucha por opacar uno al
otro, el lado objetivo y el subjetivo, el lado claro y el lado oscuro de la
realidad. Dicha situación se representa a continuación en el siguiente
esquema:
La urdimbre de la
asignación de calificaciones
El esquema anterior nos
muestra que existen doce factores que inciden de manera recurrente e imbricada
en la decisión del docente al momento de la asignación de la calificación a
sus alumnos: mandato institucional, formación profesional del docente,
alienación social, pedagogía de la evaluación, motivación, preferencias,
parafernalia de la evaluación, sentimientos y emociones, memorización,
exclusión y facilismo, fraudes y finalmente el factor de angustia y
nerviosismo.
Es interesante observar
como hay agrupaciones de factores que a la vez permitió organizarlos en
categorías más específicas, que sin ser independientes totalmente nos
conducen a la construcción de cinco categorías menos fragmentadas en la
trama: calificagénesis, mandato institucional, factores del docente, factores
del alumno y la cultura de la estratificación, selección y exclusión
escolar. Ésta última y las dos primeras tienen como fin la reproducción
teleológicamente hablando, no así los factores del docente y factores del
alumno; para el caso de los factores del docente éstos se amalgaman para
tratar de consolidar la docencia como una profesión, para el caso de los
factores del alumno ocasionan que se trastoque la finalidad de la educación
haciendo que los alumnos se enfoquen en el problema y no en la solución, es
decir; el alumno está más preocupado por obtener una buena calificación y
no por apropiarse del conocimiento; pero éstos dos fenómenos terminan por
formar un círculo vicioso que engloba a los anteriores y conducen finalmente
hacia la reproducción de este esquema de evaluación o valoración.
También, el análisis
manifiesta que todo esto no es un círculo completamente invulnerable o estático,
sino todo lo contrario, es un fenómeno mutante y sumamente dinámico, el cual
contiene un núcleo en constante ebullición y del que sobresalen de entre
todo lo demás, dos fenómenos en constante pugna. El primero encaminado hacia
la ruptura de la reproducción, que aunque no corresponde propiamente al
concepto de resistencia al cual hace mención Henry Giroux , ya que según
este teórico, la teoría de la resistencia establece que ésta se da siempre
y cuando existan planteamientos de carácter intelectual e ideológico por
escrito, lo cual denominaremos como una resistencia intuitiva , que la podemos
identificar como rechazo sistemático pero sin argumentos a ser etiquetado por
números llamados calificaciones y que estos conllevan a una clasificación de
buenos, regulares o malos y que el ser humano, ya por temor o instinto de
conservación los rehuye, los rechaza; es precisamente esa situación la que
condiciona y le da razón existencial de ser al siguiente fenómeno.
El segundo, corresponde
propiamente a lo que Edmund Husserl en su trabajo “ La idea de la
fenomenología” denomina como situación fenomenológica inmanente del ser
humano , en donde por un lado, se presenta la esencia de libertad del ser
humano y por el otro, la esencia de la dominación del hombre por el hombre.
Dicho de otra manera, el humano rechaza a ser calificado, pero al mismo tiempo
acepta la calificación como instrumento de poder y control hacia los demás
como consecuencia de todo el proceso ideológico al que se ha visto sometido
desde el inicio de su transitar por las instituciones educativas, y que muchas
de las veces inicia mucho antes, en el seno familiar y religioso.
El origen de las
calificaciones
Parece ser que el origen
de las calificaciones tuvo más un propósito práctico que académico a
partir de 1850, pues la demanda educativa se incremento a proporciones mayores
que la infraestructura institucional educativa establecida en ese entonces por
el Estado, la cual resultaba insuficiente para absorber y atender a todos los
demandantes, situación que se agudiza aun más después de la segunda guerra
mundial y hace explosión en los países del eje central y occidentales.
Seis siglos antes de la
explosión de la demanda educativa, la Universidad al obtener la primacía
sobre el Canciller de Notra-Dame para la acreditación de sus egresados fue la
que propiamente utiliza por primera vez el término examen , el cual consistía
en la elaboración, creación, presentación y defensa de una tesis , aunque
hay varios vestigios aun por comprobar, que denotan que mucho antes ya existía
algún tipo de prueba al cual eran sometidos los discípulos para demostrar su
presteza ante obispos y cancilleres catedralicios. Al perder éstos esta
facultad y transferirla a la Universidad en el año de 1213 se establece así,
“La base de un nuevo poder profesional: el poder de los expertos que
profesaban en determinado campo del saber y que eran solamente ellos los
ungidos para examinar y otorgar una licencia o cualificación para ejercer en
ese campo concreto sobre la base del examen” ; situación que posteriormente
se transforma con la asignación de una nota numérica; modalidad que
paulatinamente fue pasando a todos los demás niveles educativos y que hasta
la fecha sigue siendo valido y utilizado en esencia a través de la aplicación
tests, cuestionarios o reactivos para que en función de los aciertos
obtenidos en ese examen, otorgar una calificación a los estudiantes,
actividad universal y ampliamente difundida entre docentes, estudiantes,
administradores y sociedad en general.
En la escuela mexicana,
como lo es prácticamente en todo el mundo, el currículum formal ofrece el
examen escrito y las calificaciones consecuencia de ello, como el elemento y
categoría impar para certificar el nivel de conocimientos acumulado por un
estudiante dentro de un periodo temporal y a la vez como el único fin o
primordial incentivo para estudiar o aprender algo; como complemento de ello,
el curriculum oculto a través de su aplicación e interiorización,
configurando dentro del subconsciente del sujeto la mentalidad y la concepción
estructural de que es la única forma valida y legitima para evaluar y
objetivar el aprendizaje, refuerza esa inclinación. Tal vez esa tendencia
monolítica sea universal y haya sido tomada por el capitalismo como el medio
más eficiente y eficaz para premiar o castigar , convirtiéndose así en lo
que ahora se denomina mandato social e institucional y aprovechado por todos
los sectores, principalmente por el industrial y económico .
La reproducción del
sistema de calificaciones
El mandato institucional,
la formación del docente, la alienación social y la cultura de la
estratificación, selección y exclusión escolar de alguna manera son
producto del esfuerzo refinado del sistema dominante para mantenerlo vivo pero
respondiendo a sus propios intereses en lo más posible, de tal manera que al
percibir que sus métodos sistematizados ahogan a la generación joven que no
está totalmente alienada, buscan nuevas estrategias para continuar
reproduciendo lo que no quiere perder a través de una alienación subliminal
legitimada por los mismos candidatos a alienar. Por ello, una vez que el
docente durante su formación profesional ha interiorizado a través del currículo
formal y del oculto, lo que el otro quiere que reproduzca sin convulsiones
sociales; el Estado ha legitimado y asegurado esa transmisión a través del
docente por medio del investimento de una autoridad pedagógica, el cual,
consciente o inconscientemente reproducen lo que ellos recibieron durante su
formación escolar, lo cual se refleja en el hombre dominando al hombre bajo
formas legitimadas por la sociedad, que todos vemos como normales, natural e
inofensivas y que en la gran mayoría de los casos ni siquiera percibimos.
La reproducción de la
relaciones de clase dentro de la ideologización, adoctrinamiento y alienación
que se da dentro de una institución escolar, en realidad es también el
resultado de una acción pedagógica que se ejerce sobre sujetos que
recibieron de su familia o de las acciones pedagógicas dentro de las escuelas
la configuración del esquema de subsumisión y evaluación dominante. Cada
acción evaluadora y asignación de calificaciones tiene pues una eficacia
diferenciada en función de las diferentes caracterizaciones culturales
preexistentes en los sujetos. La escuela al sancionar estas diferencias como
si fueran puramente escolares, contribuye al mismo tiempo a reproducir la
estratificación social y a legitimarla asegurando su interiorización y
persuadiendo a los individuos de que esta no es social, sino “natural” .
Por ellos, el descubrir
las intenciones finales de cada acción humana es sumamente complejo sobre
todo cuando muchas de ellas han sido legitimadas por la sociedad en general al
aceptarlas y en ocasiones al exigirlas; según Pierre Bourdieu el mundo
visible y la parte oculta de lo que se refiere al otorgamiento de una
calificación se transmite y perdura de generación en generación “...la
autoridad pedagógica implica el trabajo pedagógico como trabajo de inculcar
que tiene que durar mucho para producir una formación durable, es decir, un
habitus producido por la interiorización de los principios de una
arbitrariedad cultural capaz de perpetuarse después de que haya cesado la
autoridad pedagógica y perpetuar, por lo tanto, en la práctica los
principios de la arbitrariedad interiorizados “ . Lo anterior implica, que
la sociedad ha caído en un esquema tan profundamente arraigado en su esencia
que no le permite visualizar otro horizonte distinto al que le inculcaron, y
por tanto, ocasiona que las innovaciones y cambios en el sector educativo se
registren demasiado lentos, imperceptibles o definitivamente no se dan.
La calificación enfocada
al problema, perdiendo las soluciones
Al hacer un intento por
traslapar o yuxtaponer expresiones de la información en relación a las
calificaciones, encontramos reiteradamente que la evaluación concretada en un
signo o símbolo denominado calificación ha servido para:
·
Sustituir la cultura pedagógica
por la cultura de la calificamanía o mejor conocida como la pseudo cultura de
la evaluación.
·
Ocultar la verdad de la intención
de alienantes y alienados.
·
Conservar el poder y control
tanto a nivel individual como grupal.
·
Insertarse como parte de un
proyecto que ve al ser humano como un objeto más en el espacio y proceso de
producción.
·
Legitimar el racismo y la
discriminación entre seres humanos.
·
Evidenciar que fue el resultado
de un proceso de transformación social que la industrialización monopolizó
para su beneficio exclusivo.
·
Indicarnos que las instituciones
educativas del mundo cayeron en la trampa que impide discutir realmente los
grandes problemas de la educación.
·
Quedarnos atrapados en esta
trampa, autoridades y docentes por largos períodos sin dar oportunidad a las
innovaciones pedagógicas.
Por lo tanto, “...cada
sistema de enseñanza institucionalizada debe las características específicas
de su estructura y de su funcionamiento al hecho de que debe producir y
reproducir, a través de los medios propios de la institución, las
condiciones institucionales cuya existencia y persistencia son necesarias
tanto para el ejercicio de sus funciones propias...como para la reproducción
de una arbitrariedad cultural...cuya reproducción contribuye a la reproducción
de las relaciones entre los grupos y las clases” .
Significa que el sistema
educativo quizá sin desearlo, ha provocado con el procedimiento actual
preconizado de la asignación de una calificación como signo o símbolo que
acredita, califica o certifica los “saberes” del estudiante como parte del
proceso de evaluación un resultado inverso, es decir; los estudiantes también
al verse sometidos a ese proceso de ideologización, han construido los mismos
esquemas conceptuales y conductuales que el sistema, la escuela, los maestros
y los padres han reproducen de generación en generación, originando en ellos
una preocupación superior por un número mayor al seis que por aprender o
apropiarse del conocimiento; su atención se centra en el problema que
representa el como acreditar, olvidando que sería más sencillo y más
tranquilo su transitar por el plantel educativo si se enfocara en realmente
aprender, situación que le permitiría en determinado momento tener los
argumentos y los elementos necesarios para cuestionar y/o debatir una
calificación incorrecta; de otra forma, seguirá sucediendo lo que acontece día
a día dentro de los salones de clase, el alumno se resigna a la calificación
justa o injusta, otorgada por el maestro, en base al número de aciertos
obtenidos, sin la posibilidad de cuestionarla por el hecho de carecer de
elementos y fundamentos; Jurjo Torres Santomé dice al respecto:
“Esta peligrosa y errónea
concepción de los exámenes o evaluaciones, reducidos a ser los únicos
objetivos de la escolarización, puede ser la explicación única o parcial o
las dificultades encontradas a la hora de introducir innovaciones en los
contenidos y en las estrategias de enseñanza y aprendizaje en las aulas... El
arma magisterial por excelencia es el temido y odiado examen. Un medio académico
útil para demostrar...no lo que se sabe, sino lo que se puede escribir...
esta modalidad de evaluación tiene mucho que ver en el progresivo sentimiento
de repulsión hacia la cultura, los libros...que adquiere un sector importante
de estudiantes...Este odio...encuentra su más significativa manifestación en
el fracaso escolar y en la deserción” .
Es sumamente interesante
observar como la información obtenida en este trabajo de análisis coincide
con lo expresado por los teóricos, en el sentido de que hay un enfoque
incorrecto en relación a la utilidad y función de los exámenes y las
calificaciones dentro de los procesos de evaluación; en que hasta el momento
no existe una explicación lógica y convincente del porque se le debe de dar
tanta importancia a las calificaciones, tanto que hasta el discurso oficial
también carece de argumentos de peso que justifiquen su razón de ser, su
utilidad y beneficio positivo en el proceso educativo. También la retórica
educativa se ha enfocado meramente al problema de la valoración rápida e
incuestionable para poder segregar, estratificar y eliminar sin cargo de
conciencia ni protesta individual ni social, centrándose solamente con ello
en la solución al problema de infraestructura insuficiente, financiamiento
improductivo y rol de clase, olvidando que cuando se enfoca en el problema es
difícil ver las soluciones más allá del problema mismo, es decir, la famosa
crisis educativa.
Encontrar una explicación
al fenómeno referido de las calificaciones, posiblemente se encuentre en la
escasa profesionalización del docente y de la docencia misma que se realiza,
enfrentar una situación tan inevitable y tan compleja, pero a la vez tan
necesaria y trascendental como lo son las calificaciones, es mucho más
problemático cuando se carece de un interés y una motivación para
realizarlas de una forma ética y moral o porque posiblemente sólo se conoce
una forma de hacerlo, que es la forma tradicional, es decir, tantos aciertos
en tu examen escrito, tanto de calificación, si me caíste bien o mal, ya
veremos, si no me obedeciste o fuiste sumiso conmigo, tendrás tu castigo o tu
premio; como se refirió anteriormente, posiblemente la respuesta y parte de
la solución este en la profesionalización de la docencia.
La docencia, una profesión
Exponer, exhibir o
mostrar lo aparente rompiendo la coraza que lo envuelve generalmente resulta
molesto e incómodo, ya que establece el refrán: la verdad no peca pero
incomoda , aunque en este caso afirmar categóricamente que es la verdad
absoluta sería pecar de vanidad extrema, por lo tanto es importante hacer
hincapié aunque sea a estas alturas, de que sólo se habla en base a la
interpretación obtenida de los análisis realizados, y desde luego, desde una
mirada estrictamente bipersonal.
Es sumamente fácil
demostrar que en cada institución educativa se lleva a cabo la reproducción
del mismo esquema de evaluación, esto independientemente del acervo cultural
interiorizado en los sujetos educados a través de una acción pedagógica por
la inculcación o como diría Pierre Bourdieu, a través de una arbitrariedad
cultural , dentro de la cual existen aspectos inmanentes de los propios
actores de esa institución que le agregan algo de su esencia. Lo que si es
sumamente complejo, es aclarar como las cuestiones subjetivas e inherentes a
los actores principales del proceso educativo y de evaluación se infiltran y
permean el otorgamiento de una calificación aprobatoria o reprobatoria
manifestando a través de ello toda una violencia simbólica.
El mismo Bourdieu señala,
“...todo poder de violencia simbólica, es decir, todo poder que logra
imponer significados e imponerlos como legítimos disimulando las relaciones
de fuerza en las que se basa su fuerza, agrega su propia fuerza, es decir una
fuerza específicamente simbólica, a estas relaciones de fuerza” .
En un estudio realizado
por José Ruiz Ortega , al realizar toda una triangulación de la información
obtenida se detectó que en este caso en particular los docentes asignan un número
llamado calificación simplemente porque es un requisito proveniente del
mandato institucional, convirtiendo el acto en una auténtica parafernalia. La
mística del docente está ausente, no hay interés por entender primero el
significado de la evaluación como parte del proceso de enseñanza y
aprendizaje, lo único que interesa es cubrir la apariencias para conservar el
trabajo ; es decir, dedicarse a la docencia fue quizá su única opción
laboral para poder satisfacer sus necesidades básicas y por tanto, ingresar a
la enseñanza no estaba dentro de sus prioridades como profesionistas y menos
el deber ser del docente, situación que parece no ser exclusivo de un sujeto
o de una escuela en particular ya que Antonio Alanís Huerta señala en su
texto “Educación y formación profesional: Análisis y perspectivas hacia
el tercer milenio”: “...tampoco es extraño que los profesionistas que no
logran colocarse en instituciones o empresas para ejercer su profesión,
lleguen a la docencia...como última opción...Es decir,...es un campo de acción
que seguido se ve invadida de profesionistas fracasados, que lejos de ser los
impulsores de la superación profesional y de la investigación, se convierten
en ejemplos del resentimiento del despegue cualitativo de las instituciones,
confinándolas a la mediocridad;...son incapaces de generar propuestas
alternativas ante los problemas educativos que confrontan las instituciones,
pero son hábiles destructores de toda innovación” .
Si aceptamos lo anterior
como válido, no es descabellado exponer que en muchos espacios educativos, de
todos los niveles, la asignación de calificaciones se toma como sinónimo de
evaluación; debido a que “estas” personas no han comprendido el cabal
significado de la profesión docente, ya que de acuerdo con el Dr. Alanís
Huerta: “la profesión docente hoy por hoy va acompañada de una exigencia
de competencias teóricas, técnicas y contextuales propias del mercado
docente”. Si bien es cierto la docencia dejó hace tiempo de ser un
apostolado, “...sí se puede subrayar que la docencia es una actividad donde
se manejan saberes: donde se estudia y analiza un contenido disciplinario, se
crea y recrea un conocimiento...La docencia es una oportunidad para aprender,
donde no aprende el que no quiere,...es el arte de enseñar un contenido específico
a una persona o grupo. Pero también la docencia se prepara, se planifica, y
aquí interviene el elemento sistemático y la información científica” .
Por lo anterior surge la
pregunta obligada ¿en dónde, con quién y como se aprende a ser un verdadero
docente y por consiguiente, ha evaluar correctamente, justamente,
equitativamente, neutralmente, en dónde”, Alanís Huerta nos contesta:
“...la docencia como
concepto y como práctica se estudia en las instituciones educativas
formadoras de docentes; pero a ser maestro se aprende dando clases,
enfrentando los conflictos, las carencias de recursos de apoyo, la inseguridad
personal y sobre todo, superando las deficiencias profesionales con mucha
voluntad, trabajo y dedicación; pero además, reflexionando, analizando,
corrigiendo y actualizando nuestra práctica constantemente...” .
Esto quiere decir, que la
mística no debió desaparecer, que debe haber convicción en la persona para
dedicarse a la docencia, para ser dedicado, justo y equitativo, que no se debe
dedicar a esta noble labor simplemente porque no se tiene otra alternativa,
que un auténtico profesional de la docencia es aquel que domina con
excelencia el contenido disciplinario de la carrera de la cual procede, como
también los métodos, técnicas y procedimientos didácticos y pedagógicos y
de evaluación, para ponerlos en práctica en todo momento y en cada contexto
.
Echar en saco roto estas
cuestiones es estar en el trabajo equivocado, es autoengañerse o como dice el
Maestro Piña Marquina “Los maestros que se desempeñan preferentemente como
profesionistas es bueno recordarles que no están en el lugar correcto, la
docencia no es su destino” .
En síntesis,
extrapolando los resultados obtenidos en este trabajo de análisis podemos
aventurarnos a señalar que en muchas instituciones educativas no existe una
verdadera profesionalización docente, situación que obviamente tiene mucho
que ver y se refleja en la forma como los docentes evalúan el aprendizaje de
sus estudiantes y también como asignan las calificaciones correspondientes.
Manifestaciones teleológicas
de la asignación de calificaciones
De acuerdo a lo anterior
se exhiben tres manifestaciones teleológicas con cierta claridad referentes
al otorgamiento de calificaciones, encubierta o justificada una con la otra:
Primera: La asignación
de las calificaciones se utiliza como arma de poder y control. Implícitamente
los maestros utilizan este recurso para hacer entender a los alumnos que ellos
son los que mandan, que el alumno está ahí para obedecer sus instrucciones,
que la única opción del alumno es estudiar lo que el maestro quiere que
estudie, que si siguen la norma del maestro el estudiante recibirán el premio
reflejado en la calificación aprobatoria. Dicho de otra manera, los docentes
indistintamente del contexto y de otras cuestiones, intrínsecamente traen
consigo el estigma del dominio del hombre por el hombre, de la ley del más
fuerte. Todo ello justificándose en el mandato institucional en donde según
Bourdieu “La escuela es... la institución investida de la función social
de enseñar y por esto mismo de definir lo que es legítimo aprender” , de
tal manera que el único que debe decidir que tanto aprendió el estudiante es
el maestro, enmascarando así el “origen y la función social de una
autoridad” depositada en el maestro a través de su autoridad pedagógica y
aceptada por éste.
Segunda: La asignación
de calificaciones es un producto propiamente de la revolución industrial,
legitimada por la sociedad en su conjunto para clasificación de los seres
humanos en buenos, regulares y malos pero que den la apariencia de autoselección.
En esta urdimbre era necesario crear instrumentos cada vez más sofisticados,
rápidos y que fuese de conveniencia para todos los involucrados, que se
aceptaran sin convulsiones sociales, de tal manera que los deseosos de accesar
a mejores condiciones de vida, vía el estudio, admitieran sin reclamos los
resultados emitidos por un calificador externo como aptos o no aptos para
continuar hacia un nivel superior; dicho en otros términos, se escuda y se
acepta una especie de darwinismo social, el cual es muy peligroso , pues según
Jurjo Torres: “En la selección y legitimación de los conocimientos,
destrezas y hábitos de cada persona, vía una modalidad de examen como ésta,
se llega a aceptar implícitamente que no todo el mundo tiene por qué tener
éxito y que es <normal> que algunos fracasen” .
De tal manera que la vía
más viable que se encontró para esa selección del más fuerte y del más
apto fueron los exámenes y el más indicado para elaborarlos, aplicarlos y
revisarlos era el docente, de tal suerte que, éste fue y sigue siendo el
responsable de asignar la nota final, por tanto fue necesario interiorizar en
el maestro este instrumento como el único capaz de dar cuenta si su trabajo
estaba dando resultados de forma sencilla, fácil y económica, pero que a la
vez respondiera a las necesidades de quien contrata sus servicios como
docente. Pierre Bourdieu expresa lo teleológico del examen de la siguiente
manera : “...el examen no es solamente la expresión más visible de los
valores escolares y de las opciones implícitas del sistema de enseñanza...
ofrece uno de los instrumentos más eficaces para la empresa de inculcación
de la cultura dominante y del valor de esa cultura” .
La finalidad de esta
ideología es hacer entender al estudiante que una nota llamada calificación
es solamente producto de su aptitud y que por tanto debe de aceptarlo como
natural, legitimándose la cultura de la evaluación reflejada en notas
llamadas calificaciones, pero que ocultan la verdadera intención.
Tercera: No obstante de
la urdimbre que se ha venido entretejiendo, la cultura de la evaluación entre
los docentes sigue brillando por su ausencia y la asignación de
calificaciones, la mayoría de las veces de forma arbitraria e injusta, sigue
dominando el campo de la evaluación, pues desde la perspectiva fenomenológica
desarrollada en este trabajo, se percibe que existe un rechazo por parte de
maestros hacia el concepto y constructo mismo de evaluación y calificaciones
y al mismo tiempo, una negación de lo equivocado del mismo. La parafernalia
expuesta ya de la asignación de las calificaciones o de la evaluación,
obedece a la inmanencia inconsciente de alumnos y maestros a querer ser
etiquetados con números por un lado y por el otro, a la negativa del dominio
a través del mero número.
Otra situación
interesante que exhibe con mucha claridad el escenario exhibido, es que los
alumnos no obstante de haber aceptado ser calificados, rechazan
contundentemente el método de asignación de las calificaciones utilizado por
los maestros; es decir, aceptan la evaluación o las calificaciones pero por
el simple hecho de que la sociedad considera motivo de orgullo el tener
registradas altas calificaciones en el expediente de cada alumno, sin exigir
nada más que eso para certificarlo moralmente como una persona competente y
con conocimientos. Esta situación solo se refleja en el estudiante hasta el
momento en que se encuentran frente a un número signado en una nota
valorativa. Esta aceptación/rechazo puede interpretarse como un
descubrimiento intuitivo del alumno en cuanto a conciencia vital y en cuanto a
causa de pérdida de libertad como ser ontológico en busca de reconocimiento
como un ser humano y no a través de las notas numéricas denominadas
calificaciones, pero que sucede psicológicamente en el alumno cuando esta
ante el impacto de un número alto o bajo, que pasa por su mente, en qué o en
quién piensa en ese momento, eso forma parte otra historia.
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BOURDIEU, Pierre y Passeron, Jean-Claude. La reproducción : elementos para
una teoría del sistema de enseñanza . México, Fontamara, 1998, p. 25.
Ibid. p. 17 .
Ibid. p. 25.
Ibid. p. 25-26.
TORRES Santomé, Jurjo. El curriculum oculto . Madrid, Morata, 1998, pp.
46-48.
BOURDIEU, Pierre y Passeron, Jean-Claude. Op. cit . . p. 44-47.
Ibid p. 25
RUIZ Ortega, Jóse. Un estudio fenomenológico de la asignación de
calificaciones : Estudio da caso instrumental. Tesis presentada para optar por
el grado de Maestro en Ciencias de la Educación. Zacatecas, UADS/MCE/ UAZ,
2003.
ALANÍS Hueta, Antonio. Educación y formación profesional: Análisis y
perspectivas hacia el tercer milenio . Tampico, Tamaulipas, México, Instituto
de Ciencias y Estudios Superiores de Tamaulipas, A. C., 2000, p. 83.
ALANÍS Huerta, Antonio. El saber hacer en la profesión docente: formación
profesional en la práctica docente . México, Trillas, 2001, pp. 79-80.
Ibid. p. 80.
PIÑA Marquina, Juan Ignacio. Op. cit . p. CXXXV.
BOURDIEU, Pierre. Op. cit. p. 18.
TORRES Santomé, Jurjo. Op. cit . p. 46.
Ibid . p. 192.
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