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¿Magisterio, docencia o militancia?
Susan Street
La autora es profesora-investigadora de tiempo completo
en el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en
Antropología Social (CIESAS-Occidente), México.
"Hoy, más que nunca, la utopía de la sociedad del
trabajo es nuestra utopía."
Emir
Sader (1)
Las opciones en el título para nombrar el oficio del trabajador de la
educación esconden una trampa: ¿estaría cerrada la
selección de la identidad idónea para mañana a una de
las tres mencionadas? ¿Habrá otra posibilidad? ¿Otras
opciones? ¿Depende de nosotros? ¿Tiene sentido hablar de
oficio cuando las condiciones actuales del trabajo
docente prácticamente imposibilitan educar en el sentido
más pleno (humano) del término?
Veamos cómo cada término representa un camino histórico
ya caminado, aunque no agotado, en la mayoría de
nuestros países de América Latina; cada uno de estos
proyectos (de sujeto pedagógico) planteaba retos
particulares para la interpretación del oficio, para la
práctica misma y también para la identidad gremial.
Todos, desde luego, emergieron del concepto moderno de
la escuela pública como formadora de ciudadanos e
integradora de la nación, al son tocado por el
Estado-en-construcción, legitimado por sus promesas de
progreso y desarrollo. (2)
Magisterio, docencia y militancia suponen una labor de
los profesores al servicio de la civilización
occidental, plantean una educación funcional a los
patrones de escolaridad exigidos por los procesos de
modernización (i. e. desarrollo capitalista), que a su
vez irían, supuestamente, aplanando la pirámide escolar
y social. Todos estos referentes identitarios del oficio
han sido destronados, dislocados de sus coordenadas
históricos, puestos en cuestión por las contradicciones
en el capitalismo periférico, por el "sistema emergente
del mercantilismo corporativo de estado", para apoyarme
en la concepción de Noam Chomsky (2001: 18).
Los
profesores son magisterio: pertenecen al gremio; fueron
educados en las escuelas normales expresamente diseñadas
para preparar a los profesores como transmisores del
currículum oficial. Este curriculum a su vez fue
conformado por la élite ilustre del país como La
representación de la identidad nacional, síntesis del
perfil del ser-educado-en-sociedad, aspiración de los
valores históricamente apropiados como capital cultural
universal deseable por todos y cada uno en la misma
medida. (3) Magisterio significa mastery, maestría en el manejo del conjunto de
conocimientos legítimos y necesarios para la vida
social. El que todavía hoy los profesores se identifican
como magisterio, se evidencia de inmediato con la
revelación de que la gran mayoría de maestros sigue
utilizando, por sobre cualquier otro material didáctico,
el libro de texto oficial. Se enseña lo ya pre-escrito,
lo pre-determinado, lo pre-programado; con razón el
único afán (educativo) es ir perfeccionando el método de
enseñanza probado a diario una y otra vez (Calvo, 1995;
Rosas, 1996). Como magisterio, los maestros son
servidores públicos del Estado, de ese Estado protector,
garante de los derechos y receptor de las obligaciones
de toda la población. Los maestros han sido magisterio
en las buenas y las malas, cuando ese Estado prometía y
cumplía (mal), poniendo más escuelas para más niños y
jóvenes, pero también ahora que ha dejado de prometer y
de cumplir, cuando se ha alejado de su cometido
constitucional de educar a todos y, en su lugar, delega,
regula, evalúa, castiga y premia.
Durante todos estos años de la paulatina pérdida del
Estado Educador (o Estado Docente como también se dice)
y su transformación en un Estado Mínimo, Regulador (4),
se ha venido convenciendo a los maestros de que para ser
verdaderos profesionales, profesionistas de primera y no
de segunda, se requiere "profesionalizar" el oficio,
formalizando los saberes en pedagogías modernas y
eficaces, tecnológicamente avanzados, mejorando el
desempeño docente tal como se mide en los exámenes a los
alumnos, aumentando las calificaciones asignadas por
otros a la hora de medir nuestro rendimiento. Ahora los
maestros son "docentes" ansiosos de competir por los
fondos disponibles, sean estímulos, sean contratos; son
orgullosos de la participación responsable en la gestión
escolar, en la promoción de la escuela para garantizar
su clientela, todo porque colaboran para eficientar la
adaptación de la institucionalidad escolar a los nuevos
requisitos exigidos al país al insertarse dinámicamente
en las relaciones de la globalización.
Ser
"docente" ahora implica para el profesor poner toda su
creatividad y experiencia al servicio del que mejor
paga, pasando por alto, probablemente, una reflexión
crítica sobre los fines de la educación y sobre las
maneras en que el profesor asuma su trabajo. Ahora, como
docentes responsables de la calidad educativa, cada
profesor se apoya en los posgrados, en los cursos de
educación a distancia, en los diplomados, para una
continua actualización que impacte directamente en la
práctica docente. En este modelo apoyado por el
pensamiento tecnocrático, se supone que es
responsabilidad de cada quien determinar su inserción
laboral y profesional, por lo que cada vez más parecen
estorbar aquellas formas viejas (corporativas) de
reproducir el gremio como una identidad social
ascendente. Como docentes, los profesores se orientan a
dar servicio al cliente y, en esa respuesta, no es raro
que sea el mismo profesor quien recurra a otros
servicios privados, contribuyendo así a la privatización
en marcha. Se espera, además, que cada docente ponga de
su bolsa los fondos requeridos para calificar (mejor que
sus colegas) la trayectoria profesional, para conformar
el portafolio de capacidades en venta. Este docente no
ve más al Estado como su único formador, como fuente de
su vocación e inspiración educativa.
Pero,
entre el repetir y repetir que siente el maestro en el
ejercicio de su oficio y el estar al día de aquel cuya
docencia esté sometida a la fiscalización, había también
otro camino andado que permitía al trabajador de la
educación realizarse en una entrega a dar respuesta a
las necesidades más amplias de comunidades y de personas
involucradas en las escuelas donde laboraba. Ser
militante podía implicar apropiarse del proyecto
educativo socialista (durante la época cardenista en
México, por ejemplo) y ser su difusor, aun a riesgo de
la vida propia ante la movilización probable de fuerzas
contrarrevolucionarias o, también en el caso mexicano,
podría significar una opción política de oposición al
régimen autoritario durante los años del cacigazgo de
Carlos Jonguitud Barrios, líder vitalicio del Sindicato
Nacional de los Trabajadores de la Educación (SNTE).
Luchar por la democratización del SNTE en los años
ochenta significaba enfrentar un dominio cerrado a
aquellos rebeldes e inquietos que no querían someterse a
las rutas escalafonarias, que convertían los puestos
gubernamentales en cotos del poder del partido único,
del Partido Revolucionario Institucional (PRI).
Concebir el trabajo docente desde esta militancia
política implicaba asumir la tarea de llevar una
conciencia política a los maestros para que se
movilizaran para defender los derechos que les
correspondían como trabajadores al servicio del Estado.
Educar como concientizar muchas veces significaba para
estos profesores convencer a los padres de familia de
que su lucha era digna, decirles que un maestro no podía
enseñar bien a sus hijos sin un salario digno, que había
que ocupar masivamente las calles, hacer los plantones y
las marchas para exigir al Estado lo que era su deber.
Educar para un militante de la Coordinadora Nacional de
los Trabajadores de la Educación (CNTE), por ejemplo,
era "poner el ejemplo" de la ética democrática y de la
creencia en una racionalidad deliberativa en condiciones
de igualdad. Era exigir elecciones transparentes de los
representantes sindicales y demandar directivos
escolares "honestos y respetuosos"; era asumir una
actitud de respeto hacia el Otro y hacia los semejantes.
Asumirse "militante" trasladaba la pedagogía a las
calles, muchas veces dejando intacta la escuela,
abandonados los alumnos, vulnerables los procesos
educativos programados y aislados a los que no avalaban
"el consenso de la base". (5)
De
tal manera, la experiencia de los trabajadores de la
educación en el siglo recién pasado podría sintetizarse
como propuestas rescatadoras del oficio. ¿Gremializar,
profesionalizar o politizar la educación? Trasladadas al
terreno del trabajo docente, educar bajo la premisa
gremial apostaba a la bondad de la homogeneidad de la
cultura gremial y de la uniformidad de las condiciones
de trabajo. "Igual paga por el mismo trabajo" es una
consigna reivindicada todavía hoy por muchos maestros
mexicanos. Apropiarse del trabajo bajo este eje
identitario era presuponerse parte de un beneficiario
colectivo de los derechos otorgados por el Estado a sus
trabajadores; era aspirar, siempre como sindicalista, a
determinado nivel y calidad de vida.
En
cambio, educar con la vista puesta en la
profesionalización prometida por un gobierno tecnócrata
privilegiaba las estrategias de diversificación y
especialización de las habilidades del trabajador. Dicha
filosofía opera recientemente bajo la consigna
neoliberal de "cada quien su nicho", cada quien
desarrollando su ventaja comparativa. Apropiarse de este
trabajo desde la perspectiva del profesional implicaba
subordinar todos los aspectos de la relación
maestro-alumno a un desempeño considerado adecuado según
los criterios de evaluación impuestos por el sistema en
su conjunto. Muy diferente era la convicción del
militante. Depositar toda la fe en la labor
concientizadora de la vida como una relación de poder
implicaba rescatar la cultura popular y socializar sus
dones organizativos en gestionar la cooperación en las
tareas sociales. Apropiar el trabajo docente bajo este
oficio se relacionaba íntimamente con la escuela como
centro de poder, sostenida por las redes de relaciones
comunitarias e institucionales, vinculada a proyectos
extra-escolares.
Ciertamente, podría tomarse lo mejor de cada camino;
podría llegarse a un consenso para una formulación de
buena voluntad respecto a cómo repensar la
institucionalidad heredada para idear nuevamente el
oficio. Sin embargo, ninguna propuesta, ni ninguna
combinación de ellas, parecería darnos muchas pistas
para enfrentar "los desafíos de la vida contemporánea".
Admitamos también que, para efectuar un rescate
simbólico de estas andanzas, uno tendría que partir de
algún lugar, pensar desde alguna óptica y, sobre todo,
imaginar una dimensión de futuro con una buena dosis de
esperanza.
Vayamos un momento a la experiencia de los maestros
democráticos michoacanos de la Sección XVIII del SNTE.
Los activistas de este movimiento de base comienzan
recién ahora a preguntarse sobre cómo refundar la
escuela pública. (6)
Después de años de luchas por democratizar el SNTE, años
de construirse una identidad netamente sindicalista de
"maestros democráticos", ahora se empieza a
sensibilizarse ante el hecho de que la escuela pública
corre peligro. Y no solamente eso, surgen discursos
insinuando que hay que desarticular y rearmar la escuela
pública sobre bases que toca a los trabajadores de la
educación constituir. Están llamando a hacer la escuela
verdaderamente pública, como espacio de confluencia de
grupos sociales, más que materialización de un agenda
heredada y dictada desde el centro político de la
nación.
Hace
diez años, cuando los recortes gubernamentales del
presupuesto educativo se tornaban más evidentes, cuando
la austeridad salarial impuesta no cedía, los maestros
democráticos levantaron las consignas de defender la
educación pública; agregaron a sus pliegos petitorios la
exigencia de que el Estado cumpliera con el 8 por ciento
del PIB dedicado al sector educativo. Ahora, después del
rescate gubernamental de los bancos a favor de los
banqueros y de las empresas a favor de los empresarios
(el FOBAPROA convertido en el IPAB), esta exigencia
aparece como ilusoria, como pedir peras al olmo. Además,
estos sindicalistas reconocen que "la alternativa" para
la escuela tiene que ser global: debe abarcar los tres
factores esenciales del trabajo docente: la organización
escolar (los tiempos), el salario y un sistema formativo
permanente. (7)
La
democratización del sindicato que tuvo lugar en
diferentes partes del país transcurrió sin afectar la
posición del trabajador en el sistema educativo, sin
necesitar "rescatar el oficio". (8) Los maestros que se organizaron en las filas
democráticas de la CNTE han contribuido a resistir como
sindicalistas, mas no como educadores, la difusión del
modelo educativo neoliberal. La resistencia ha sido
organizada fuera de las bardas protegiendo la escuela;
entre los activistas, permanece la inquietud por no
saber cómo modificar las dinámicas propiamente
escolares. Sus discursos se empeñan en revelar las
lógicas de dominación detrás de los sistemas de
incentivos que el gobierno, en coordinación con la
cúpula del SNTE, disfrazó como un programa de mejoría
profesional. Intentan desnudar las promesas de la
municipalización como una nueva estrategia de control
vertical que subvierte la capacidad mediadora del
sindicato en los conflictos escolares y laborales. Es
decir, este movimiento magisterial se movió para detener
la pérdida de sus derechos como trabajadores, pero no ha
impedido la paulatina instalación de mecanismos
tecnocráticos gubernamentales en las escuelas, ni
tampoco la inundación de los componentes ideológicos de
la educación al servicio del mercado.
Detener y resistir -buscando acumular fuerzas y
conquistar espacios sindicales- no ha impedido los
avances gubernamentales en la metamorfosis de la escuela
pública (9):
-en
su descomposición como inmueble al ir reduciendo la
asignación presupuestal para la infraestructura y al
depender más de las aportaciones "voluntarias" de la
comunidad educativa;
-en
la transformación de los padres de familia en clientes y
consumidores al promover esquemas individualistas de
opción entre escuelas (vouchers y escuelas charter);
-en
la intervención de múltiples agencias gubernamentales,
nacionales e internacionales para mejorar la oferta
educativa (computación e inglés) de la escuela;
-en
el aislamiento del poder sindical de las tareas
históricas de defensa de los derechos laborales;
-en
la intensificación del trabajo del docente a la hora de
asumir otro régimen de gestoría basada en la evaluación
de resultados, en sustitución de la eficacia de su
formación básica magisterial;
-en
la tendencia a dejar la preocupación por una formación
integral y enseñar para el examen;
-en
la agudización de los ambientes de competencia, entre
docentes por ser "la mejor maestra", entre escuelas por
los alumnos, por los fondos y por los proyectos
financiados;
-en
la cancelación de los turnos vespertinos ante la baja en
matrícula cuando muchos optan por escuelas del sector
privado;
-en
la reducción de los horarios dedicados a las materias
humanistas, cívicas y sociales a la hora de privilegiar
en enfoque back to the basics;
-en
la desaparición de la modalidad de educación especial
sin una capacitación adecuada en el manejo de las
necesidades de los discapacitados, etcétera.
La
escuela pública hoy es una escuela precaria y pobre,
opción por default de las familias pobres. La escuela
pública hoy es una empresa en riesgo; por tanto, también
lo es educar en esta escuela pública. (10)
Los
investigadores ignoramos, en gran medida, los perfiles
que marcan la nueva subjetividad del maestro, resultado
de este tránsito del interés por lo público al interés
propio y, en el caso del trabajador, al interés por la
supervivencia individual. (11)
Lo que tenemos son hipótesis. Se ha dicho que los
profesores están desconstruidos: han sufrido una
desconstrucción de las categorías primordiales de su
existencia social, como gremio, con la ofensiva
neoliberal al concepto de la educación como un derecho
para todos (Grassi, 1994). (12)
Estando su trabajo en proceso de desregulación, los
maestros vienen reestructurándose al ritmo del embate de
la Nueva Derecha y sus propuestas para articular el
servicio educativo público a la lógica del mercado. En
palabras de Silvia Duschatzky (2000), están sufriendo
una ruptura de sentido por los quiebres de los
imaginarios público educativos, que sostenía su
identidad como servidores públicos. (13)
El español José Contreras (2000: 85) lo ve un poco
distinto: "el profesorado está reaccionando,
mayoritariamente, de una manera confusa...está
interiorizando el discurso de la diferenciación escolar
y la competitividad de unas escuelas contra otras"
Para
otros intérpretes, los profesores no hallan cómo evitar
innovar, no nuevos métodos, sino nuevas prácticas de
simulación con tal de sobrevivir, de no perder el empleo
(Jiménez, 2001). En mis seminarios con sindicalistas
democráticos, he registrado una variedad amplia de
interpretaciones de "lo que pasa con el maestro". Llaman
la atención las constantes referencias a una angustia
colectiva al estar sometidos a exámenes, al tener que
evaluar a los mismos compañeros, al vivir cotidianamente
las divisiones entre los que entran a Carrera
Magisterial y reciben estímulos económicos y los que
resisten hacerlo. Los activistas identifican entre los
maestros en sus regiones un malestar doloroso por la
pérdida del control sobre su trabajo, por la sensación
de estar desvalorizado en su actividad creativa, por el
sentido de vulnerabilidad ante la ausencia de una
mediación sindical eficaz, por la dificultad creciente
de ganarse la vida. (14)
Ninguna de estas tres síntesis identitarias parecen
tener una feliz vigencia o una impactante realización en
estos días de crisis educativa. La identidad magisterial
-como una gremialidad, como una profesionalidad o como
una militancia- anda a la deriva y en búsqueda de
sujetos que sigan dando pasos. O, tal vez, es que estos
caminos se han juntado y yuxtapuesto de tal manera que
nos encontramos ante un choque, un embotellamiento o,
bien, una encrucijada. Cuesta trabajo identificar las
salidas y lo que antes era un camino pavimentado ahora
es una brecha de terracería. Hay señales que indican que
no vale la pena discutir qué material usar para
pavimentar nuevamente.
Son
varias fuerzas que subvirtien lo público de la escuela
pública y, por tanto, debilitan el trabajo docente. En
México, el movimiento indígena (revitalizado por el
zapatismo chiapaneco del Ejército Zapatista de
Liberación Nacional), con su componente educativo basado
en la demanda por el control de las escuelas por parte
de las comunidades indígenas, como parte de la lucha
mayor por el reconocimiento constitucional como sujeto
político, ha cuestionado la acción histórica del
magisterio fundada en el concepto del maestro como
civilizador y la escuela pública como modernizador (en
su sentido de integración como una negación de la
diferencia). Muchos grupos indígenas no aceptan al
maestro hecho agente de aculturación y negocian el tipo
de conocimiento en los saberes gremiales del maestro. (15)
El
Estado, por otra parte, deja de ser sujeto formulador de
las políticas educativas nacionales; ahora es mejor
pensarlo reproduciendo los ejes desarrollados por las
agencias internacionales. Este protagonismo moribundo,
parcial y parcializado, va produciendo el vaciamiento de
un proyecto educativo estatal en función de las
necesidades de la población. Significa que no habrá una
propuesta formativa única para los docentes, cada día
más sometidos a la lógica del mercado para sus
necesidades de actualización y también del empleo. El
Estado no es más El sujeto constituyente de los sujetos
pedagógicos de la sociedad.
El
Estado era, pues, el que legitimaba sustantivamente la
tarea educativa del maestro como una actividad pública.
La escuela pública representaba el bien común, la idea
de una comunalidad educativa, de una educación común a
todos, de un conjunto de valores y actitudes compartidos
que se reproducían en esta escuela pública, con todo y
sus desigualdades sociales. Sin este patrón heredado y
sin el pacto social que lo sostenía (Aboites, 1997), va
fragmentándose una guía histórica para la modernización
(término que, por cierto, ha dejado de usarse en la
política educativa mexicana).
¿Qué
queda, entonces, de la escuela? Simbólica y
materialmente, ¿qué queda del oficio? Según Deolidia
Martínez (1992 y 2001), queda el trabajo real, quedan
las actividades de los profesores para cuidar a sus
alumnos, para velar por la seguridad y el resguardo de
los niños y los jóvenes, por estimular su crecimiento y
formación como seres humanos plenos. Sus
(pre)ocupaciones resaltan los lazos afectivos entre
maestro y alumno y sostienen las mil y una acciones y
reflexiones adentro de la escuela por mantenerla como un
centro de confluencias, un espacio de encuentros y de
diálogo social. Silvia Duschatzky (1999: 22) dice lo
siguiente para los sectores populares: "Si la escuela se
erige como núcleo de sentido es porque opera como campo
de posibilidad, como sutura de profundos quiebres de la
vida social". (16)
La escuela tiene sentido si en sus procesos cotidianos
recompone los tejidos sociales rotos por los procesos
del orden capitalista, si la escuela logra "articular
todo un campo de deseos, aspiraciones e intereses", esto
es, si recobra su dimensión de empresa humana y
humanizante.
Queda
también la férrea decisión de muchos maestros por
impedir que se acabe la escuela pública. Esta decisión
tuvo una representación discursiva recientemente (el 22
de agosto de 2001) en voz de la secretaria general de la
CTERA, Marta Maffei, en la Marcha Nacional Educativa en
la Plaza de Mayo en Argentina.
"Lo
hemos dicho mil veces y lo vamos a repetir hasta el
cansancio. No van a privatizar la educación pública, la
educación no es un negocio, las escuelas no son un
comercio, el sistema educativo tiene trabajadores de la
educación, no comerciantes. El conocimiento no es una
mercadería, no vamos a aceptar que el servicio educativo
sea tratado como una mercancía más, ni en el ALCA, ni en
la Organización Mundial de Comercio, ni en ningún otro
acuerdo trucho... Venimos también a dar una explicación
a los padres. Venimos a no dejar de ser docentes... no
peleamos sólo por nuestros salarios, peleamos para que
la educación pública siga abierta, peleamos para que los
pibes que reciben finalmente un título no tengan que
hacer largas colas en la Embajada para irse del país.
Peleamos para que puedan quedarse acá y pelear al lado
nuestro en una Argentina rica, a pesar del
empobrecimiento al que la han sometido los dictadores de
turno."
Las
luchas, las resistencias y los conflictos actuales en el
sector educativo, que contribuyen a estrechar la
identificación del sujeto docente con su oficio, nos
hablan de construcciones particularmente relevantes para
hoy. Puedo aquí apuntar (como una lista incompleta) que
estas construcciones son (o deben ser) procesos al
interior de cada lucha particular, por grande o pequeña
que sea, por hacer realidad aquí y ahora la democracia
real. Pensándonos como humanidad en proceso de
supervivencia, en lucha por constituir un nuevo polo
civilizatorio que no es ni el Estado ni la sociedad que
conocemos, propongo que hagamos el esfuerzo por
problematizar y por teorizar de nueva manera las
siguientes pistas:
-Recobrar el sentido de lo público de la escuela,
impidiendo más amputaciones de los espacios ciudadanos.
-Recrear la dignidad del trabajo docente como una tarea
que rescate nuestra humanidad y potencie la solidaridad
con los más pobres.
-Luchar por reconstituir el discurso de los derechos de
los trabajadores, reelaborando los derechos como
reivindicaciones sociales y no solamente gremiales o
políticas.
-Reconcebir
el sostén social del trabajo docente, alejándolo del
trampolín social que fue y arraigándolo en las
aspiraciones de las comunidades locales y los
territorios regionales.
-Profundizar la ética del cuidado (comprensión, afecto,
salud, hospitalidad) del Otro a la par del propio.
-Mantener viva la memoria histórica de las luchas por la
democracia real;
-Aspirar a controlar nuestras vidas.
Notas
1
Emir Sader (1999: 146).
2
Muchos autores han destacado que hay que ver el origen
del magisterio en el proceso de surgimiento y
consolidación de los sistemas educativos nacionales, en
la construcción del Estado-nación del siglo XX. Andrea
Alliaud y Laura Duschatzky (1992: 10) escriben que "Se
le definió (al maestro de educación básica) entonces
como un 'civilizador', un educador moral antes que un
instructor, cuya tarea primordial era transmitir normas,
valores y pautas acordes a la Nación que se estaba
conformando. Un 'convertidor', artífice de los cambios
esperados en la población hacia la cual su obra estaba
destinada. Un 'apóstol', difusor de un nuevo mensaje."
3
Ver los artículos en el volumen coordinado por Levinson
y otros, 1996.
4
Ver los artículos en la revista de la Universidad
Autónoma Metropolitana, El Cotidiano, año 15,
mayo-junio, No. 95; en especial, el libro de Hugo
Aboites (1997).
5
He dedicado buena parte de mi investigación al
movimiento magisterial mexicano, tanto en el proceso
constitutivo como sujeto democrático, como en la manera
de impactar la burocracia estatal y la formulación de la
política educativa. Para una selección de mis trabajos,
ver Street (1992, 1994, 1998 y 2000).
6
En Zacatecas, del 7 al 8 de julio de 2001, varios
contingentes de maestros democráticos -con unos 400
participantes- invitados por la Sección 34 del SNTE, se
reunieron para celebrar el Primer Encuentro Pedagógico
Nacional 'por la construcción de un proyecto de
educación democrático popular'. Mi participación como
conferenciante en este evento me permitió registrar los
debates entre los representantes sindicales. Es notoria
-por su regularidad y su extensión- la producción
documental de la Sección XVIII del SNTE, en Michoacán,
en torno a su programa sindical y educativo. Ver su
revista Educación y Cultura, así como su página Web,
http://www.seccion18.homepage.com. Destaca también su
tradición de talleres de formación y su activismo en el
terreno de la organización de actos abiertos al público
sobre temas educativos. Con la excepción de la Sección
XXII en Oaxaca, la XVIII es la única sección democrática
del SNTE que ha participado con una propuesta sindical (consensada
entre todos los agremiados) en la legislación educativa
estatal, incluido el Plan Educativo del Estado de
Michoacán.
7
Un dirigente michoacano de la Sección XVIII del SNTE
dijo lo siguiente en una reunión en Zacatecas en mayo de
este año con representantes de otros contingentes
democráticos. "Es tiempo de buscar la alternativa.
Estamos conscientes de que la educación hasta hoy no ha
creado lo que queremos. Seamos un movimiento pedagógico
magisterial nacional. Necesitamos crear un Proyecto
Educativo Alternativo propio 'de alta calidad'. Si el 60
por ciento de los maestros michoacanos están inscritos
en Carrera Magiserial, no es porque nos lleve a la alta
calidad que queremos. Estamos obligados a reconcebir
todo: el nuevo modelo educativo de que habla el
presidente Fox es para producir mano de obra y no
queremos eso. ¿Cómo nos ponemos en movimiento por lo
nuestro? Estamos necesitados de un salario
constitucional; por ello, proponemos la jornada
constitucional de ocho horas para poder salvar lo
artístico, lo deportivo, lo tecnológico, aspectos
cancelados o reducidos en la propuesta gubernamental.
Incluimos también la actualización en la jornada laboral
de ocho horas. La disyuntiva es: o nos la jugamos
completa o nos la jugamos en ajustes parciales siempre
al ritmo que marca el gobierno. Nuestra idea es no
confrontar a los profesores que dicen 'sí a Carrera',
sino construir primero desde los que dicen 'no' e ir
convenciendo en los hechos al gestar un nuevo modelo
educativo. En realidad, estamos hablando de una
refundación de la escuela."
8
Una valoración de la democratización del SNTE afirma que
ésta debería pensarse como una liberalización de las
reglas políticas en el interior de las instancias
electorales del sindicato. Ver Street (1997).
9
Francisco Beltrán Llavador (1995; 162) analiza las
implicaciones organizativas de la desregulación de los
sistemas educativos públicos. La metamorfosis de la
escuela pública tiene, entonces, una direccionalidad
determinada: "Nos enfrentamos... con una redelimitación
del campo organizativo que pasa, en su fase actual, por
la reconfiguración de la forma escuela o, dicho de otro
modo, por la desaparición progresiva (disolución) de sus
regularidades organizativas tradicionales."
10
Sería larga la lista de citas para fundamentar el estado
de la escuela pública. Para México, Christopher Martin
(2001: 1 y 15) realizó un trabajo bastante global sobre
el estado de la educación pública en el que argumenta el
fracaso de las políticas compensatorias para sacar
adelante a la escuela pública, y la necesidad de no
esquivar la responsabilidad de emprender reformas
profundas.
"Put simply, the once indisputable sway over popular
educational provision is being eroded by the rich buying
out of the system at the top, while the poor are falling
out of it at the bottom. Meanwhile, those still served
by it (the bulk of the population) experience its
reluctance to be responsive and accountable to them and
to change with the times....public education may well
end up as the educacional system for the poor. In this
way, rather than compensation safety nets being
reabsorbed into public education, the reverse happens.
Public education becomes one big safety net for the
poor."
11
José Contreras (2000: 85), en debate con Mariano
Fernández Enguita, en las páginas de Cuadernos de
Pedagogía, desarrolló los diferentes sentidos de lo
público de la escuela y su impacto en el trabajo
docente. Dice que la reforma neoliberal viene operando
una transformación en estos sentidos: "ante la pérdida
del sentido de lo público, lo que prevalece no es el
deseo de beneficio del público, sino tu propio interés
de supervivencia. El tránsito ideológico ha seguido,
pues, este camino: del interés por lo público al interés
propio, sin pasar por el interés por el público, que en
todo caso es usado de forma instrumental: sólo se
atiende a aquel interés del público que beneficia el mío
propio."
12
Estela Grassi, Susana Hintze y María Rosa Neufeld (1994:
65) fueron pioneras en destacar la yuxtaposición de las
múltiples crisis que afecta la educación (la crisis
fiscal del Estado, la crisis de los ajustes impuestos
por el FMI y la crisis de la calidad educativa) y su
impacto en el profesorado: "Al tiempo que se modifican
las condiciones de vida de los sujetos involucrados
(también las nuestras), se desestructuran concepciones
que parecían profundamente arraigadas en la sociedad,
algunas de ellas íntimamente ligadas al campo de la
educación."
13
"Las reflexiones que ponemos en el escenario del gran
debate giran en torno a la ruptura de sentido que ha
sufrido la escuela pública en los tiempos de la reforma
educativa de los noventa. Desde este punto de vista, el
Plan Social Educativo (los programas compensatorios) es
abordado como 'síntoma' de los quiebres de los
imaginarios públicos educativos y como dispositivos de
producción de identidades asistidas. La ruptura del lazo
vinculante, la producción de una subjetividad agradecida
y la emergencia de una cultura del riesgo constituyen
los tópicos desde donde intentamos dar cuenta de la
productividad simbólica del PSE." (Duschatzky, 2000; 20)
14
Como botón de muestra, recupero el testimonio hecho en
1997 por un activista de la CNTE en Jalisco, México, un
Estado federativo con poca tradición de lucha; más bien,
donde los profesores padecen un sindicalismo corporativo
muy arraigado: "Es un hecho que nos angustiamos ante la
evaluación, cualquier evaluación; no estamos
acostumbrados. Hay como una pérdida de nosotros mismos
ante este cuestionamiento de la eficacia como
profesional. Muchos sienten que es un insulto. Nos hace
decir-muchos están diciendo-'no lo estoy haciendo'...
Hay una gran angustia colectiva. Entonces, el maestro
trabaja bajo amenazas múltiples, bajo muchas presiones.
Uno es 'cumplir con el plan' y otra presión más es
Carrera magisterial. Y entonces, ¿qué hace el profesor
para no angustiarse?: estar bien con Dios y con el
diablo. Y es con esta actitud cuando se adapta al
director, y deja de exigir a los alumnos. Es decir, se
empieza a actuar perdiendo los principios, la vocación
y, así, la dignidad."
15
Últimamente, los estudiosos de la relación entre la
etnicidad y la escolaridad han documentado el rechazo
generalizado a prácticas históricas del magisterio; por
ejemplo, las de los maestros bilingües que actúan como
caciques regionales, las prácticas docentes
discriminatorias de minorías étnicas y las prácticas
estigmatizadoras de disidencias varias. Para estudios
del caso de las propuestas educativas indígenas, ver
Rojas (1999), González (2000) y Bertely (1998). Para una
visión más histórica, ver Rockwell (1998).
16
"No necesariamente será la escuela para el ascenso
social o para la formación de las élites y de la
ciudadanía en los términos modernos, pero algo del orden
de la integración social que estaba en la base de los
pilares fundacionales seguirá funcionando como
territorio de expectativas." (Duschatzky, 1999; 22)
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